
A simple vista, parece frágil, un capricho que el destino ha querido plasmar ahí y que el viento podría arrebatar en cualquier momento. Sin embargo, en esa transparencia se aferra el reflejo del universo entero. La gota sostiene la luz mientras el pétalo sostiene a la gota, creando así un equilibrio perfecto, un círculo simbiótico entre lo vulnerable y lo efímero. No es agua sobre una flor. Es el ciclo de vida descansando un segundo antes de continuar su camino.
La gota no rompe la flor, ni la flor expulsa a la gota. Si ella se quedara allí para siempre, se volvería estancada. Si la flor nunca perdiera su frescura, no entenderíamos el valor de su apertura. Al final, no importa cuánto tiempo logre la gota sostenerse antes de ser absorbida por la tierra o evaporada por el viento. Lo que importa es que, por un instante, el mundo fue más brillante gracias a su mera presencia.





































