A simple vista, parece frágil, un capricho que el destino ha querido plasmar ahí y que el viento podría arrebatar en cualquier momento. Sin embargo, en esa transparencia se aferra el reflejo del universo entero. La gota sostiene la luz mientras el pétalo sostiene a la gota, creando así un equilibrio perfecto, un círculo simbiótico entre lo vulnerable y lo efímero. No es agua sobre una flor. Es el ciclo de vida descansando un segundo antes de continuar su camino.
La gota no rompe la flor, ni la flor expulsa a la gota. Si ella se quedara allí para siempre, se volvería estancada. Si la flor nunca perdiera su frescura, no entenderíamos el valor de su apertura. Al final, no importa cuánto tiempo logre la gota sostenerse antes de ser absorbida por la tierra o evaporada por el viento. Lo que importa es que, por un instante, el mundo fue más brillante gracias a su mera presencia.
Es esa sonrisa cómplice que cruzas con alguien que lleva una concha de vieira en la mochila en un aeropuerto o una estación de tren. Es saber qué significa el olor a eucalipto, el sonido de los bastones sobre el asfalto al amanecer o el sabor del primer café en un bar de carretera tras 10 kilómetros bajo la lluvia.
Hay cosas del camino que no se pueden explicar antes. El Camino deja huella. Y quien lo ha hecho, lo sabe…
Uno se queda maravillado viendo como esta amapola se ha aferrado sobre un débil manto de barro de apenas unos milímetros de grosor vertido por las últimas lluvias sobre un lecho de hormigón, Y es que «Lo que es para ti, ni aunque te quites y lo que no, ni aunque te pongas».
Lo sueños son el combustible que actúa como una fuente de energía interna que nos genera la fuerza necesaria para seguir adelante incluso cuando las cosas se ponen difíciles. Mantener viva es a pasión es fundamental para alcanzar lo que realmente queremos en la vida.
A pesar de su aparente monotonía, el mar nos regala la maravilla de la exclusividad de las olas. Cada una es única en tamaño, forma y rugido. Sin embargo, todas juntas forman una danza que te cautiva… como el trigo cuando lo mece el viento.
Cuando las nubes bajas no se atreven a entrar en el mar y se quedan flotando en el ambiente, así, como temerosas, como un adolescente ansioso incapaz de zambullirse en el agua fría. Es un momento curioso, donde la naturaleza juega a perderse en su propia timidez.
Hablaba este que suscribe, en un post anterior, de la diferencia entre ver, mirar y observar. Que no sólo es ver o mirar sino que también es observar ya que, mientras ver o mirar es una acción más bien física, la simple recepción de estímulos visuales, observar, en cambio, va más allá de lo físico. Implica una intención, una dirección, una carga emocional y cognitiva.
Porque hay miradas y miradas. Hay, por ejemplo, miradas que pueden establecer una conexión entre dos personas, incluso sin mediar palabra. Miradas que pueden transmitir emociones como amor, odio, tristeza, alegría, curiosidad o desconfianza.
Hay miradas que, según en la forma en la que miramos o somos mirados están influenciadas por dinámicas de poder. La mirada puede ser una forma de control, de dominación o de sumisión.
Hay miradas que no siempre podemos descifrar la verdadera intención que llevan detrás. Alguien nos puede sonreír con los labios pero tener una mirada fría, revelando una contradicción entre lo que muestra y lo que siente.
Hay miradas de soslayo que pueden indicar timidez, desconfianza o algún interés oculto.
Hay miradas fijas y directas que pueden ser señal de confrontación, desafío, o también de una profunda atención e interés.
Hay miradas perdidas que pueden denotar distracción, apatía o tristeza.
Hay miradas con los ojos entrecerrados que, a menudo, asociamos con el escepticismo y la duda.
En definitiva, que hay miradas que transmiten información sin necesidad de palabras. Miradas que expresan emociones (alegría, tristeza, enojo, miedo, amor, odio), intenciones (interés, desinterés, desafío, sumisión), y estados mentales (concentración, distracción o confusión).
Y luego está la de este elemento, al que sorprendí (o me sorprendió él a mí) en una esquina anónima del mundo, mientras pedaleaba con el amigo Paco y que, en apenas tres segundos, lejos de montar un drama, con sólo una mirada me lo dijo todo.
Ese momento, en el que el sol elige Granada para irse a dormir vistiendo sus mejores galas. Ese momento en el que el tiempo juega a detenerse. Ese momento, en el que la multitud se serena, toma otro ritmo y se inspira al son de los acoples de una guitarra que suena libre de cualquier atadura.
Ese momento en Granada, en el que nada pasa y todo ocurre.
No había nada más. Sólo yo, el mar y el cielo. Era el completo silencio, roto únicamente por el suave murmullo del vaivén de las olas que se mezclaba casualmente con el lejano graznido de una gaviota que acertó a pasar por allí… (bueno, y ese velero fondeado sin molestar en absoluto a la imagen idílica del momento).
Hay quien ve, pero no mira. Hay quien mira, pero no ve. Hay quien ve…. y mira. Hay quien ni ve, ni mira (que también los hay, así, sin más). Y luego está quien observa, que no le hace falta ni ver ni mirar; solo observar; Observar para contemplar, para analizar, para comprender, para percibir o, simplemente para disfrutar, por ejemplo, de lo efímero de un amanecer.
En 1765, un mesonero llamado Dossier Boulanger abrió en París una casa de comidas y a la puerta colgó el siguiente letrero:
«Venite ad me vos qui stomacho laboratis et ego restaurabo vos»
No eran muchos los parisinos que en el año de 1765 sabían leer francés y mucho menos el latín, pero los que podían, sabían que Boulanger, el propietario, decía:
«Venid a mí casa hombres de estómagos cansados que yo los restauraré.»
La frase tuvo tal éxito que desde entonces, todas las casas de comidas en el mundo se llaman “restaurantes”. Aparte la deliciosa gastronomía que se hizo famosa en toda Francia, Boulanger deleitaba a sus comensales con deliciosos postres preparados por él mismo y debido a la fama de su repostería Boulanger también es el “culpable” de que en Francia a las panaderías se les llame “boulangeries”.
«Venite ad me vos qui stomacho laboratis et ego restaubo vos»
«Venid a mi casa, hombres de estómagos cansados que yo los restauraré»
La palabra restaurante se estableció en breve y los chef de más reputación que hasta entonces sólo habían trabajado para familias privadas, reyes y ministros abrieron también sus propios negocios o fueron contratados por un nuevo grupo de pequeños empresarios: los restauradores.
El término «restaurante» llegó a Estados Unidos en 1794, traída por el refugiado francés de la revolución Jean Baptiste Gilbert Paypalt, este fundó lo que sería el primer restaurante francés en Estados Unidos llamado Julien’s Restorator.
Hay muchas curiosidades en esta historia, una de ella es la “misión de restaurar el ánimo, la sonrisa y la salud” que tienen los que trabajan en un restaurante, es una misión noble, loable especial.
Cada uno de nosotros es especial en lo que hace, si logra comprender lo profundo del aporte de su labor al bienestar general. Da igual a lo que te dediques, ¿Qué restauras? ¿A quien ayudas? ¿Qué sumas al bienestar, la felicidad y la salud de alguien más? Quizás ahí encontremos las respuestas a muchas preguntas.
La montaña es como un reloj antiguo cuyo mecanismo es la propia naturaleza en la que cada piedra, cada árbol, cada brizna de hierba es una manecilla que marca el inexorable paso del tiempo.
Aquí arriba, en la montaña, cada momento, cada instante, es más pausado, como más lento, donde el devenir de los siglos modifica pacientemente el paisaje creando senderos escoltados por todo tipo de vegetación que serpentea entre rocas, algunas de colosal tamaño, donde cualquier rincón es un espacio donde la vida sigue abriéndose camino.
El silencio, el otro gran aliado que impera en las alturas, llega a ser tan profundo que te permite escuchar el latido de tu corazón. A veces contrasta con el bullicio desenfadado que se produce bajo tus pies, donde el rugir del agua de un riachuelo abriéndose camino entre piedras se mezcla con el mecer de las ramas y con el cantar de algún que otro pajarillo.
Mientras, el sol, con una luz tenue, sin duda enfriada por un tácito pacto firmado en una improvisada transición entre el otoño reinante con el venidero invierno marca el paso de las horas pintando de rosos cálidos las cumbres y proyectando sombras danzantes que bailan al son del viento sobre las copas doradas de esos testigos silenciosos que son los árboles.
A veces, en un mundo cada vez más complejo y acelerado nos encontramos de manera inesperada con ese paisaje que, sin avisar, aparece como una ola bravía que nos sorprende con su fuerza y que nos incita a encontrar en la simplicidad una invitación a detenernos, a observar la belleza que, en su forma más pura, nos envuelve. Es una perspectiva poética en la cual, lo más simple es lo más bello, donde menos es más, porque nos conecta con lo esencial, con lo que nos motiva.
A medida que lo observas te sientes envuelto por la tranquilidad y la majestuosidad de un otoño mortecino que recibe los envites del invierno, resistiéndose a morir, y en la que te invade esa sensación de ser parte de algo más grandioso que tú mismo. Es un momento de calma, de contemplación, donde el mundo parece detenerse y solo queda el presente, el aquí y el ahora. Es una experiencia que despierta los sentidos y te conecta profundamente con la belleza natural que te rodea.
Hay días en los que el cielo azul se convierte en un lienzo infinito de tonos grises bañados de rosados y tenues anaranjados. Ese momento de paz en el que el mundo se reduce a ese pequeño espacio donde la inmensidad serena del mar hace, con su poder hipnótico, que se desvanezcan los problemas y las preocupaciones.