EL LAVADERO PÚBLICO

– Carmencita, hija, deja eso que te vas a poner “encenagá” con tanta agua. ¡no te toques más las trenzas que al final te las vas a soltar!, ¡¡¡y deja ya el jabón que lo vas a estropear!!! Esta niña es muy buena pero no tiene apaño-. Anda, ve a la casa y tráeme los «pillas» de la ropa que me los he «dejao» en lo alto de la mesa del patio. Mientras vas y vienes, te entretienes.
-Calla Carmela, que tu nieta es un primor de niña. No le regañes más.

-Si es que no para, María. Es un torbellino. ¿yo no sé a quien le habrá salido? ¿Qué manera de dar quehacer?. El grande si que es un primor. No ha “dao” nunca un ruido. Y ahora, desde que su padre se lo lleva al campo de jornalero, trabaja como el que más. Tiene los trece recién cumplidos y está hecho todo un mozuelo. Fuerte, atento, responsable…. Vamos, que está feo que yo lo diga, pero que no hay otro como él, ¿pero ésta? -lo dice indicando el camino por donde se ha ido la niña- A esta no hay quien la sujete. Todo el día abuela para acá, abuela para allá… siempre inventando. Ahora, que en cuanto pueda, su madre se la lleva a servir a la capital. Allí estará más tranquila y al menos traerá un jornal por poco que sea. Mira, el otro día no se le ocurrió otra cosa que meterse en la despensa y en una olla que tenía con caldo y los restos de un puchero, no se le ocurrió otra cosa que coger hormigas y meterlas dentro del caldo subidas en cáscaras de pipas como si fueran barquitos. ¿Tu te crees? Y yo que tenía guardado el puchero para hacer croquetas que tanto le gustan a mi yerno…. Pues tuve que tirarlo, enterico. ¿Y sabes que me dijo la niña cuando la pillé? Pues que estaba jugando a las guerras de los barcos, ¿no es “pa” matarla?.

María asiente con la cabeza mientras ahoga una carcajada.

-Son cosas de críos, Carmela. Yo, como los tengo fuera, no me da tiempo a enfurruñarme con ellos. Ahora que con mi “mario” ya tengo yo bastante.

-Eso es. ¿Cómo está tu Paco? El otro día lo vi sentado en la esquina, junto a la higuera.
Paco estaba delicado. Su pésima salud de hierro le permitían pocas licencias. Los años no pasaban en balde y el trabajo en aquella fábrica le dejó los pulmones maltrechos. Demasiado bien estaba para el poco oxigeno que le entraba en el pecho.

-¿Mi Paco? Mi Paco me tiene todo el día encima de él. Que si María esto, que si María aquello. Todo el santo día detrás como un perrillo faldero. Y es que el hombre ya no es lo que era. Tampoco es que de joven fuese unas castañuelas pero bueno, al menos era muy trabajador y nunca nos ha faltado un jornal en la casa pero ahora, ahora es harina de otro costal. ¿Qué le voy a hacer?

Se escucha un cántico acercándose. Una coplilla picarona con tintes incómodos para quien no la quiere escuchar. Es Juana, la hija de la Antonia, una joven entrada en edad casadera y que no se le conoce varón que se le acerque en el pueblo. A cambio, Juana goza de una más que dudosa reputación porque, según cuentan algunas, en las tardes de domingo se “despista” por los pueblos cercanos buscando el calor que en su pueblo no encuentra.

-Calla niña, calla. Como si no fuese con nosotras la cosa. – espeta susurrando Carmela. –

-Buenas tardes tengan, vecinas. – suelta con acentuada jovialidad y algo de sorna la joven.

-Buenas tardes – asienten con disimulo las dos, casi al unísono-.

-¿Qué? ¿Poniéndonos al día con todo y “de todos”?
Las dos vecinas notan cierta ironía en las palabras de la joven.

– ¿No sabemos a que te refieres? ¿Tú sabes algo, Carmela?

-Nada. ¿Qué voy a saber yo? ¿Donde andará la niña? -comenta mientras mira por encima de un lado a otro, como queriendo desviar la atención….

-Si, si, vosotras disimulad. ¿Acaso creéis que no sé lo se va diciendo por ahí? Ahora que os digo una cosa. Escrito está en las sagradas escrituras. “Quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra” – indica Juana, un tanto altiva, apuntando con el dedo a ambas-. ¿Cómo le va a tu hija en la capital, Carmela? – aquí Juana baja el tono pero es más hiriente-. ¿Parece que el “señorito” está muy contento con ella? ¿O me equivoco?.
Carmela no la deja acabar y lanza con rabia el jabón contra el agua de la pila salpicando estrepitosamente.

-¿Qué tienes tu que decir de mi hija? – grita con gesto amenazante la mujer- Una palabra más y juro por lo más sagrado que te arrepentirás.

-Nada. Yo no digo nada. Sólo pregunto. Es de buena educación interesarse por sus vecinos ¿no crees?

La tensión se disipa cuando se oye a Carmencita acercarse relatando una batalla fantástica de corsarios mientras blande al aire una rama de higuera a modo de espada.

-¿Pero niña… que modales son esos? ¿y que boca? ¿Dónde has aprendido tú a hablar así? ¿y los “pillas” de la ropa? ¿Dónde los tienes?

Juana, que no estaba dispuesta a dejar la cosa así, sabía muy bien donde tocar y antes de que pudiesen reaccionar las dos vecinas, mirando a la niña y a la abuela a la vez, dice:
-Normal. De tal palo……

-Juana……. Juaaaaana. No me busques que me encuentras. Da gracias a Dios que está la niña que si no, te arrastro del pelo.

Juana, al verse vencedora, sonríe con satisfacción y se dispone a hacer su colada, una colada cargada de sábanas blancas, almohadones y camisas de sus hermanos con los cuellos y puños ennegrecidos por el sudor y polvo del campo….

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La historia contada, fruto de mi imaginación, podría ser cualquier historia ocurrida en cualquier lavadero público, que, más que un espacio para lavar ropa, era un confidente silencioso y un testigo de innumerables historias de todo tipo, contadas por mujeres cuyas voces, unidas al murmullo del agua corriendo por las pilas, marcaban el devenir del día a día.

Hoy en la actualidad, cuando paseas por un pueblo y encuentras un viejo lavadero convertido en un mero espacio de interés turístico, no sólo ves unas simples pilas de piedra sino que, a poco que observes, puedes percibir el aroma a jabón hecho mezclado y el eco de aquellas conversaciones que han forjado un pedazo de historia, un lugar donde las mujeres tejieron los lazos que unieron a la vecindad.

Año 2018, en la localidad de Redondela (Pontevedra), mientras hacía el Camino de Santiago. Bien podría esta señora de la foto ser Carmencita, aquella niña que soñaba con historias fantásticas de corsarios y piratas y que su abuela tanto regañaba.

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