
No había nada más. Sólo yo, el mar y el cielo. Era el completo silencio, roto únicamente por el suave murmullo del vaivén de las olas que se mezclaba casualmente con el lejano graznido de una gaviota que acertó a pasar por allí… (bueno, y ese velero fondeado sin molestar en absoluto a la imagen idílica del momento).





































