Es esa sonrisa cómplice que cruzas con alguien que lleva una concha de vieira en la mochila en un aeropuerto o una estación de tren. Es saber qué significa el olor a eucalipto, el sonido de los bastones sobre el asfalto al amanecer o el sabor del primer café en un bar de carretera tras 10 kilómetros bajo la lluvia.
Hay cosas del camino que no se pueden explicar antes. El Camino deja huella. Y quien lo ha hecho, lo sabe…
Desde el comienzo de nuestros días hasta la actualidad no ha habido elemento más popular y protagonista que la manzana. Hay que ver la de líos en los que esta fruta se ha metido a lo largo de la historia. ¿Será inquina por parte de los que se encargan de redactarla?
El pecado original (o cómo un snack salió carísimo) Todo empezó con una serpiente que convenció a Eva de que una manzana del «Árbol de la Ciencia» era mejor que vivir en un spa eterno con todo pagado. Adán se unió al festín y, ¡zas!, patada del Paraíso. Miles de años después, seguimos pagando impuestos y trabajando 40 horas a la semana porque a dos personas les dio un antojo de fibra. Mucho rencor por una fruta, ¿no?.
Guillermo Tell: El padre del año En una exhibición de salud mental ejemplar, el gobernador Hermann Gessler obligó a Guillermo Tell a disparar una ballesta contra una manzana… ¡¡¡colocada sobre la cabeza de su propio hijo!!!. Por suerte, Tell tenía mejor puntería que sentido común, le dio a la fruta y nos ahorró una tragedia griega, convirtiendo un intento de infanticidio en una bonita leyenda patriótica.
Newton: El golpe de suerte Dice la leyenda que Isaac Newton estaba sentado bajo un árbol, probablemente procrastinando, cuando una manzana decidió suicidarse contra su cabeza. En lugar de pedir una aspirina o demandar al dueño del huerto, el hombre decidió que aquello era una «Revelación Universal». Así nació la Ley de la Gravitación Universal.: gracias a una fruta que no sabía quedarse en su rama, ahora todos estamos pegados al suelo.
Mitología y Cuentos: – El Juicio de Paris: Eris, la diosa de la discordia (mi ídolo personal), lanzó una manzana dorada con la etiqueta «para la más bella». Básicamente, inventó el clickbait mitológico, provocando una guerra de diez años porque tres diosas no podían compartir un accesorio de mesa.
– Pájaros cleptómanos: En los cuentos europeos, los reyes no se preocupan por la economía o la guerra, sino por pájaros que les roban manzanas de oro. Desde el Zarevich Iván hasta la Sirenita, parece que si la fruta no brilla y no es robada, no vale la pena escribir sobre ella.
–Y que decir de Blancanieves, que prefirió morder una manzana a vivir con 7 personajitos dispuestos a todo con ella.
Arte, Rock y demandas millonarias
El toque Magritte: Un cuadro de Magritte con una manzana inspiró a Paul McCartney para fundar Apple Corps. Los Beatles decidieron que una Granny Smith era el logo perfecto para vender ropa, películas y música. Spoiler: solo la música funcionó, pero al menos los vinilos se veían muy saludables.
La guerra de las manzanas: Luego llegó Steve Jobs en 1976 y pensó: «¿Qué nombre le pongo a mi empresa? ¡Ah, sí, el que ya usan los Beatles!». Esto derivó en décadas de abogados forrándose a costa de dos empresas peleando por quién era el dueño legítimo de un dibujo de una fruta.
La leyenda de Turing: Para darle un toque macabro al iPhone, corre el rumor de que el logo mordido es un homenaje a Alan Turing, quien descifró los códigos nazis para luego ser recompensado por su país con una castración química, lo que le llevó a suicidarse con una manzana con arsénico. Un final muy alegre para el dispositivo en el que hoy miras sin pudor tantos memes y memes sin sustancia.
Así que, cuando muerdas una manzana, piensa la de cosas que han pasado en esta vida gracias a la existencia de este sano elemento.
La mujer venía calle abajo, apresurándose sobre sus pasos y manteniendo el equilibrio a duras penas. La desesperación se refleja en su cara. Sus brazos imploraban al cielo. Los gritos que salían de su alma parecían lanzas que laceraban las fachadas de las casas.
– Ayyy Dios mío, que será de nosotras. – repetía una y otra vez la pobre mujer entre lamentos-. Don Manuel, ¿Dónde está Don Manuel?. Las vecinas se asomaban a las puertas, escandalizadas por los gritos. – ¡¡¡Que alguien busque a Don Manuel, por caridad!!! ¡¡¡ Don Manuel!!!
Don Manuel era el boticario del pueblo y que hacía las labores de galeno cuando Don Ataulfo, el médico, no estaba. La botica estaba situada en la calle céntrica, conocida comúnmente así por ser la calle más transitada del pueblo aunque su nombre real hacía referencia a un militar de alto rango que había hecho y ganado la guerra. Hacía esquina con la plaza, en una especie de soportal adornado con dos arcos que se sustentaban con unas columnas de madera. En la planta de arriba de la botica, Don Manuel tenía su casa donde vivía con su mujer, lo que le servía al pueblo para tener los servicios boticarios y médicos prácticamente a cualquier hora y todos los días de la semana.
La pobre mujer llegó a la puerta de la botica empujándola con fuerza. Estaba cerrada. La mujer no hacía más que dar voces. Los chiquillos que juegan en la plaza, al oírla, se acercan. La puerta contigua a la de la botica era la que daba acceso a la vivienda. Era puerta alta de madera repintada mil veces en color marrón oscuro. Tenía una aldaba color plomo viejo con forma de puño que sujetaba una bola cuya misión era la de martillear el llamador. Sobre la puerta, en el dintel, una vidriera adornada con un motivo religioso llamaba la atención.
– ¡¡¡Don Manuel, Don Manuel!!! – gritaba la mujer mientras golpeaba la puerta una y otra vez. ¡¡¡Don Manuel, por Dioos!!!
– Ya Vaaaa, Ya Vaaaa. La voz quebrada del boticario sonaba acercándose. Después de dos giros de llave, la puerta se abre. La mujer se apresura sobre el pecho de Don Manuel cogiéndolo por las solapas de la chaqueta.
– Don Manuel, mi marido, por Dios, la yunta, que le ha pasado por encima. Está muy mal, no puede respirar. ¡¡¡Corra, por Dios. Don Manuel, corra!!!.
El boticario, presagiando lo peor, encomienda a su mujer que mande buscar a Don Ataulfo que debía estar en el pueblo de al lado, a apenas 3 km. El hombre coge lo que buenamente puede y se decide a salir de manera rauda. Sus pasos eran entrecortados. Dos o tres más rápidos, como si quisiese echar a correr pero sus rodillas opinaban lo contrario por lo que los siguientes eran más pausados. En el pequeño maletín que portaba a modo de primeros auxilios poco podía llevar para esta ocasión pero no le quedaba otra alternativa.
Pronto llegaron a la hacienda. Unos cuantos campesinos se agolpaban en corro en torno a un hombre que yacía tumbado en el suelo con la cabeza apoyada en dos sacos liados a modo de almohada o cojín para facilitarle la entrada de algo de aire. Su respiración era entrecortada por lo que ya empezaba a notarse en su piel la falta del oxígeno necesario para respirar. La yunta le había pasado por encima en un infortunado accidente al caer de lo alto del carro por delante de la viga justo cuando los animales comenzaban la ardua tarea del arrastre. La enorme rueda de madera pasó sin piedad por encima de su pecho recorriendo desde el hígado hasta el hombro izquierdo.
– ¡¡¡Dejen paso, dejen paso!!!. -Espetó el boticario a la muchedumbre que rodeaba al accidentado.- ¡¡¡Usted!!!, aparte a esa gente. Vamos, ¡¡¡ATRÁS!!!. Dejen que entre el aire, ¡¡¡ATRÁS!!!. ¡¡¡LOS NIÑOS!!!, ¿QUE HACEN AQUÍ?. – Con las prisas, el pobre hombre no se dio cuenta que toda la chiquillería de la plaza, sin duda alertados por los gritos de la mujer, lo habían seguido.-
El hombre, semiincosciente y moribundo luchaba a duras penas por mantenerse despierto. Tosía con dolor. Don Manuel, arrodillado, le abrió la camisa y pudo ver las señales que la rueda dejó en el pecho. Tenía el tórax hundido y el pulso era muy débil. Solo le bastó una única y simple exploración para ver la gravedad. Don Manuel bajó los brazos levantando lentamente la mirada, entrecerró los ojos e hizo un gesto negativo con la cabeza anunciando el fatal desenlace. Un silencio sepulcral invadió a los presentes mientras se despojaban de los sombreros y boinas, silencio que sólo se vio reventado por los desgarradores gritos de la pobre mujer al verse conocedora del fallecimiento de su marido.
II
– ¡Carmencita, coge el misal!. Y el rosario, que no se te olvide. Ven y me ayudas a colocarme el velo. Anda, alárgame la caja de las horquillas. Venga, y date prisa que tenemos que irnos. La niña estaba en silencio. No sabía como decirle a su abuela que no quería ir. Aún resonaban en cabeza aquellos gritos desgarrados que la pobre mujer profería al ser conocedora del fatal desenlace de su marido.
La tarde caía. El pueblo estaba convulso. La muerte de José “el de la Vicenta” había conmocionado a los vecinos. Una vez habían vuelto todos de sus quehaceres se disponían pasar por la casa para dar el pésame. Carmencita, junto a su abuela, llegaron a la casa. En la puerta, los hombres formaban corros mientras fumaban “caldo de gallina”. Era como se llamaba comúnmente a una picadura de tabaco de liar de muy baja calidad y que era muy popular entre los fumadores que “no podían permitirse otros dispendios”.
– Buenas tardes tengan ustedes. No somos nadie. Que desgracia tan grande. -Dijo en voz alta Carmela, la abuela de la niña.
– Buenas tardes repitieron casi a la vez en tono sosegado todas las personas que allí había. La abuela pasó al interior con Carmencita. Las vecinas, todas, aportaban lo que buenamente podían. Un poco de café, algo de comer, sillas, de todo, para que el velatorio fuese lo más acogedor posible. La madre de José, una mujer con la piel curtida y arrugada, sin duda castigada por los años, con la expresión perdida y la mirada seca por el dolor se mostraba firme con la rabia contenida. Era ayudada por algunas vecinas, las más allegadas, para amortajar a su hijo. Había perdido a su marido en la guerra y a dos de sus hijos en los años posteriores; uno, víctima de la hambruna y el más pequeño, de tuberculosis. La muerte del mayor, ahora que las cosas empezaban a tranquilizarse, le había pillado por sorpresa.
Ya se oían los primeros rezos del rosario que algunas vecinas habían comenzado a relatar en la habitación contigua. Carmencita, aferrada a la mano de su abuela, oía una y otra vez la letanía mántrica de aquellos salmos invocando a los arcángeles para que se apiadasen del alma del malogrado vecino mientras las mujeres mecían con acompasados movimientos la cabeza hacia delante y atrás. Tres luces de mariposa sobre una taza de cristal con agua y aceite alumbraban el pasillo. Provenían llantos del fondo de la casa. La mujer, desconsolada junto a a un grupo de plañideras, no paraba de lamentar la mala fortuna. Sus hijas, aferradas a su madre, lloraban.
Las mujeres que amortajaban al desdichado vecino comenzaron a salir de la habitación que servía de capilla ardiente. José “el de la Vicenta” yacía, ahora sí, aseado y medianamente arreglado. Lucía un traje gris oscuro con un chaleco y una camisa bien planchada abotonada hasta cuello. Sobre la cara, un pañuelo bordado con sus iniciales tapaba su rostro al completo. Era muy de costumbre en el pueblo, tapar la cara del muerto si éste presentaba signos de dolor o mal gesto, seguramente motivado por el sufrimiento previo a la muerte. Sus manos, entrelazadas sobre el abdomen, sujetaban un crucifico de madera. Unos cirios encendidos, dos sobre la cómoda a los pies del difunto y otros dos, uno en cada mesita de noche, bañaban de color rojo la habitación aportando un punto más lúgubre a la estancia. Carmencita pudo ver la escena desde la puerta mientras iban entrando algunos hombres. Al ver que su abuela le había soltado la mano para dar el pésame a la madre doliente, aprovechó para salirse a la calle. En la puerta de la casa del difunto ya se agolpaban los vecinos en bullicio. La niña se apartó, algo tímida y se apoyó con la espalda con sus manos pegadas contra la pared. Levantó una pierna apoyando la suela del zapato contra la fachada. Observaba a la gente. Pudo ver a Juan, el joven que estaba con el malogrado vecino en el momento del accidente. Estaba nervioso y con los ojos llorosos. No hacía más que culparse una y otra vez del accidente.
Juan era un joven de apenas 17 años. Su padre lo había recomendado al dueño de las tierras para que trabajase con él en ellas. Se estaba especializando en el transporte con bestias por lo que los arrieros y carreros se lo llevaban para que fuese cogiendo experiencia. Entre las tareas del aprendiz estaba la de sujetar a las bestias mientras se ajustaban bien los aperos y la carga del carro. No era labor complicada pero sí fundamental. Había que tener echada la galga para que la zapata friccionara contra la rueda a modo de freno ya que algún despropósito podía provocar que los animales arrancasen la marcha en el momento menos adecuado y provocar un accidente. También era costumbre poner en la rueda un calzo. Era una piedra que normalmente se ponía a modo de traba para dificultar el arranque inesperado de la yunta sobre todo si el terreno tenía alguna inclinación. Así lo estaba haciendo Juan. Sujetaba la yunta de bueyes mientras José ajustaba la carga desde la viga del carro pero olvidó echar la galga y poner la traba. Se confió. Una perrilla que se había metido entre las patas de los bueyes provocó con sus ladridos que uno de ellos se espantase. El tironazo que dió del carro provocó que José cayera al suelo justo delante de la rueda derecha.
– Si hubiese sujetado bien a las bestias, como él me dijo… ¿Por qué no le hice caso? -Repetía una y otra vez maldiciendo contra el suelo.
– No es tu culpa Juan, deja de castigarte de esa manera. Apuntaba un vecino intentando consolarlo. Otro vecino, callado, miraba de soslayo con gesto de rabia contenida al corro que formaban los “señoricos” del pueblo que estaban acompañados por el alcalde y un aguacil. En él, estaba Don Ceferino, dueño de la finca donde había ocurrido el accidente. Se les notaban nerviosos y mascullaban frases entre ellos mirando de reojo a los demás.
A Carmencita se le iluminaron los ojos. Vio a lo lejos como se acercaba Don Ignacio, el párroco del pueblo. Era un hombre alto con la mirada severa y arrogante. Tenía poco pelo y unas pequeñas gafas redondas que se apoyaban casi en la punta de la nariz lo que hacía que mirara por encima de ellas cuando se trataba de mirar a lo lejos. Andaba con paso firme. Portaba un libro y un rosario que sujetaba con ambas manos sobre el abdomen. A su lado iba un niño. Su andar era muy distinto al del cura. Aunque le seguía el ritmo, sus pasos no eran tan acompasados. Don Ignacio lo había arrancado de su lugar de juegos en la plaza para dar una extrema unción. seguía en la plaza y no iba con él. Llevaba en su mano derecha el acetre, esa especie de “calderillo” de plata labrada que contenía agua bendita. El monaguillo iba ataviado con un túnica negra, no la roja, ya que la ocasión así lo requería tocado con un roquete blanco de lienzo fino y mangas anchas colocado sobre la sotana. El cura se paró en el grupo donde estaba el alcalde y los señores del pueblo. El niño vio a Carmencita y aprovechó el descuido del párroco para ir a su lado. La niña, al verlo se sonrojó y bajo la mirada ocultando unas sonrisa nerviosa provocada por la vergüenza que le daba cada vez que el monaguillo se le acercaba.
– Hola Carmencita – dijo el monaguillo. – Hola, dijo la niña mirando el suelo. – ¿jugamos? – Vale.
Y el niño soltó el acetre en el poyo de la ventana, por dentro de la reja, sin importarle lo que Don Ignacio dijese, que a buen seguro diría y algún que otro pescozón le propinaría porque no era hombre de buenos amigos y, mucho menos, de indisciplinas. Y se fueron lejos de allí, cogidos de la mano y dando saltos, hasta las encinas, soñando que estaban lejos… muy lejos.