PRIMAVERA REBELDE

Los verdes, casi desaparecidos, brotan con fuerza en primavera y las plantas comienzan a lanzar su paleta de colores para transformar en una sinfonía cromática a un paisaje que parecía apagado en tonos marrones.

Ahora entre olivares y zonas de cultivo el amarillo de los jaramagos coge con inusitada valentía las riendas del protagonismo y ocupan grandes extensiones de terreno formando en algunas zonas una alfombra sobre el suelo.
Las aves se muestran alegres con su jolgorio y diversos cantos acompañan el paseo por los caminos en los que también las flores brotan. Incluso en algunas zonas de algún anónimo olivar aparece una enorme presencia de margaritas.

Nosotros también formamos parte de la tierra, como en un círculo simbiótico. Por eso, la primavera es una buena oportunidad para sacar nuestra luz, contagiarnos por el entorno y despertar nuestros colores tal cual lo hace la naturaleza.

PRIMAVERA REBELDE (black and white version)

ÁCULA (en pleno corazón de la comarca granadina de El Temple)

A medida que te vas acercando tranquilamente a ÁCULA vas descubriendo las maravillas de una población callada, laboriosa y algo misteriosa. El sagaz visitante puede percatarse de que topa con un lugar muy especial, más allá del tiempo, del espacio y de la historia y por unos momentos puede reproducir un rincón extraído de un cuadro del pintor neerlandés Piet Mondrian, colmado de verdes y ocres por los campos de cereal y toda clase de plantas aromáticas.

De entrada, lo que me llamó la atención es el nombre de la comarca: El Temple. Eso, y con mi pertinaz e insaciable sed de curiosidad, me inmiscuyo dentro de los archivos más directos que tenemos a mano y lo primero que me encuentro hace referencia a una tumba de un caballero templario, muy cerca de Ácula, en lo que hoy es conocido como La Malahá.

¿Cómo podía encontrarse una tumba de un caballero templario en aquel escenario tan lejano para el mundo cristiano de la España de los siglos XII, XIII y XIV?

Posteriormente, tras un “garbeo por la red”, mis pesquisas me llevaron hasta una novela histórica: “La confesión: El médico templario” de Jesús Ávila Granados(1), en donde puedo ver que la Granada nazarí concedió a los templarios un espacio geográfico que se llamaría “El Temple”, probablemente gracias a la ayuda que estos brindaron a los nazaríes en la victoria sobre los infantes de Castilla en la batalla de Sierra Elvira, un hecho que tuvo lugar el 25 de junio de 1319 en los alrededores de Pinos Puente.

(1)Jesús Ávila Granados, autor de «La Confesión: El médico templario», es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona. Colaborador asiduo de varias revistas, es también un conferenciante frecuente. Es miembro de varias entidades culturales de diversa índole.
Es autor de numerosísimos ensayos sobre temas antropológicos, históricos, artísticos, gastronómicos y enológicos, y especialista en temas esotéricos. Ha recibido numerosos premios.

Ácula (black and white version)

DE COMO HAY LUGARES A LOS QUE NO HAY QUE TRATAR DE VOLVER

Considero que nada sucede por casualidad. En el fondo, las cosas tienen un plan, aunque nosotros no lo entendamos. Se supone que vamos siempre hacia adelante, pero muchas veces nos empeñamos en intentar conseguir justo lo contrario. Parece como si quisiéramos ir al revés y vivir hacia atrás.
Bueno, escribo desde la obsesión que tenemos de recordar y volver a recordar el pasado hasta acabar idealizándolo, para bien o para mal. Y es que lo idealizamos tantas veces que acabamos arruinando el presente con preocupaciones, sueños muertos y arrepentimientos. Ese lugar donde fuiste feliz ya no se parece al que tenemos guardado en nuestra mente.
El éxito está en dejar al pasado, al recuerdo, en su lugar, respetándolo, viéndolo, pero no regresando. Que el tiempo se encargue de él.

Si me preguntan, ¿regresarías al lugar donde alguna vez fuiste feliz? Mentiría si dijera que no. Quizás por eso, le doy la razón al maestro Sabina.

Hay canciones que tienen una melodía especial que las hace únicas, hay canciones que tienen una letra tan lograda que cualquier verso tiene sentido por sí solo, hay canciones que al ser interpretadas por distintas voces renacen, incluso hay canciones que nacen como un regalo.
Y luego está, si acaso, “Peces de ciudad”, que cumple con todos estos requisitos además de ir trasladándonos a los parajes que va describiendo.

En «Peces de ciudad», según la versión que escuchemos, se cita Comala (Sabina) y Macondo (Ana Belén). Ambos pueblos tienen dos semejanzas esenciales:
1) El cerrarse al tiempo, el rencor y la soledad.
2) Sus apariciones y presencias. Tanto Comala como Macondo son pueblos negados a trascender más allá del tiempo de las novelas.

¿Que a qué viene esto? Pues a que es muy tarde. Tanto que, más que tarde ya es temprano, que las musas, egoistas ellas, amenazan con pirarse y que fuera hace frio y está lloviendo.

PECES DE CIUDAD (Joaquin Sabina) (1)

Se peinaba a lo garçon
La viajera que quiso enseñarme a besar
En la gare d’Austerlitz

Primavera de un amor
Amarillo y frugal como el sol
Del veranillo de San Martín

Hay quien dice que fui yo
El primero en olvidar
Cuando en un si bemol de Jacques Brel
Conocí a mademoiselle Amsterdam

En la fatua Nueva York
Da más sombra que los limoneros
La estatua de la libertad
Pero en Desolation Row
Las sirenas de los petroleros
No dejan reír ni volar

Y, en el coro de Babel
Desafina un español
No hay más ley que la ley del tesoro
En las minas del rey Salomón

Y desafiando el oleaje sin timón ni timonel
Por mis sueños va, ligero de equipaje
Sobre un cascarón de nuez, mi corazón de viaje
Luciendo los tatuajes de un pasado bucanero
De un velero al abordaje de un, de un no te quiero querer

Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar
Al país donde los sabios se retiran
Del agravio de buscar labios que sacan de quicio

Mentiras que ganan juicios tan sumarios que envilecen
El cristal de los acuarios de los peces de ciudad
Que mordieron el anzuelo, que bucean a ras del suelo
Que no merecen nadar

El Dorado era un champú
La virtud, unos brazos en cruz
El pecado, una página web
En Comala comprendí
Que al lugar donde has sido feliz
No debieras tratar de volver

Cuando en vuelo regular
Pisé el cielo de Madrid
Me esperaba una recién casada
Que no se acordaba de mí

Y desafiando el oleaje sin timón ni timonel
Por mis venas va, ligero de equipaje
Sobre un cascarón de nuez, mi corazón de viaje
Luciendo los tatuajes de un pasado bucanero
De un velero al abordaje, de un, de un liguero de mujer

Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar
Al país donde los sabios se retiran
Del agravio de buscar labios que sacan de quicio

Mentiras que ganan juicios tan sumarios que envilecen
El cristal de los acuarios de, de los peces de ciudad
Que perdieron las agallas en un banco de morralla
En una playa sin mar

(1) Joaquín Sabina, autor de Peces de Ciudad, regaló la versión original de la canción a Ana Belén, que la interpreta magistralmente. No es la primera vez que esto ocurre. También hizo lo propio con «A la sombra de un león» allá por 1988.
Peces de Ciudad, fue también interpretada en acústico (solo con guitarra
por Rozalén, ) en un homenaje que se le hizo a Ana Belén dejando atónitos a propios y extraños.

DE COMO HAY LUGARES A LOS QUE NO HAY QUE TRATAR DE VOLVER (black and white version)

UN OASIS EN MITAD DE UN SECANO

Las Lagunas de Ruidera, es un paraje de gran belleza con singularidades paisajísticas y geológicas, localizado en Castilla La Mancha, en los límites de las provincias de Ciudad Real y Albacete. Este parque natural está formado por un complejo sistema lagunar compuesto por quince lagunas, que a lo largo de 30 kilómetros constituyen el valle del Alto Guadiana y en su parte más alta el lugar de nacimiento del río Guadiana.

Ruidera es uno de los parajes naturales más sorprendentes de España, un lugar de gran valor paisajístico, con diversidad de ambientes para descubrir y recorrer conociendo sus lagunas, disfrutar de inmensas lagunas, de aguas trasparentes e intenso color azul turquesa. Las quince lagunas se rebosan e inundan unas a otras formando cascadas y saltos debido a formaciones geológicas como las barreras travertínicas. Estas son el rasgo más característico de este parque natural. Alberga una sorprendente riqueza biológica con gran diversidad de especies animales y plantas, montes de encinares y sabinares, sotos, arboledas de Álamos y vegetación palustre como la Masiega o la Enea.

El espectáculo visual de este oasis en medio del Campo de Montiel te sorprenderá. La belleza paisajística de este Parque Natural, uno de los más bonitos de España, no deja indiferente a nadie.

Pero las Lagunas de Ruidera no solo son un paraje natural de una belleza impresionante sino que forman parte de la literatura universal gracias a su relevancia en El Quijote.

A camino entre la historia y la leyenda, las Lagunas de Ruidera y el Campo de Montiel surgen como espacio de inspiración para Cervantes. El lugar sobre el que Cervantes creó el Quijote y las aventuras del caballero soñador y su acompañante Sancho Panza..

La Cueva de Montesinos es el enclave más importante de las Lagunas de Ruidera en El Quijote. A ella desciende el personaje y en ella tiene un sueño mágico que dura cuatro días. Es el lugar en el que su fantasía, su ilusión, se convierte en realidad. El lugar ya era un espacio propio de leyendas locales. Pero seguramente nadie podría imaginar que sería conocida en todo el mundo y a lo largo de los siglos por obra y gracia de Miguel de Cervantes.

Ruidera se declaró como parque natural en el año 1979.

CITA (De cuando el Quijote se dispone a entrar en la Cueva de Montesinos)

En estas y otras gustosas pláticas se les pasó aquel día, y a la noche se albergaron en una pequeña aldea, adonde el primo dijo a don Quijote que desde allí a la cueva de Montesinos no había más de dos leguas, y que si llevaba determinado de entrar en ella, era menester proveerse de sogas, para atarse y descolgarse en su profundidad.

Don Quijote dijo que aunque llegase al abismo, había de ver dónde paraba; y, así, compraron casi cien brazas de soga, y otro día a las dos de la tarde llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena de cambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas, que de todo en todo la ciegan y encubren. En viéndola, se apearon el primo, Sancho y don Quijote, al cual los dos le ataron luego fortísimamente con las sogas; y en tanto que le fajaban y ceñían, le dijo Sancho:

—Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace: no se quiera sepultar en vida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algún pozo. Sí, que a vuestra merced no le toca ni atañe ser el escudriñador desta que debe de ser peor que mazmorra.

—Ata y calla —respondió don Quijote—, que tal empresa como aquesta, Sancho amigo, para mí estaba guardada (…)

EN EL BOSQUE

En el bosque, los árboles te rodean, se ciernen sobre ti, te presionan por todos lados, te bloquean las vistas, y te dejan desorientado y sin referencias. Te hace sentirte pequeño, confuso y vulnerable, como un niño pequeño perdido entre una multitud de piernas extrañas.
Es entonces cuando percibes que reina el silencio como en un alma feliz, como en el interior de un templo; o como en castillos de cuentos hechizados y soñados donde hay tal solemnidad que las imaginaciones más grandiosas y bellas se apoderan por sí solas del caminante.

El bosque es lugar vasto, desconocido….y está vivo.

DE COMO VALPARAISO PASÓ A LLAMARSE SACROMONTE

Granada, que ya en sí es un monumento, es, además, una fuente inagotable de inspiración paisajística. Cuando la Alhambra nos lo permite, basta con posar la mirada en las vistas que rodean al monumento nazarí, para advertir el Sacromonte, una zona mágica donde podemos detenernos en más de mil y un detalles y rincones para deleitarnos en un lugar de retiro para quienes quieren contemplar vistas diferentes de la ciudad.

Y es que el Sacromonte, antes de conocerlo como es en la actualidad, era una ladera en la que había multitud de olivos. Tanto es así que su nombre era Valparaíso. Lo de Sacromonte vino después de la mano, como no podía ser de otra manera, de una enigmática leyenda:

“Dice la cultura popular granadina que tras la entrada de los Reyes Católicos en Granada y la expulsión de los moriscos varios años después con Carlos I ya en la corona, muchos de los que se marcharon, lo hicieron con la pena de dejar la tierra de sus antepasados y el lugar en el que habían nacido.
Por ello, con la intención de que ellos o sus descendientes, regresaran algún día, escondieron buena parte de sus pertenencias, incluidos grandes tesoros en joyas, en la ladera de Valparaíso. Pues no solo querían dejar parte de sí mismos en Granada sino evitar a toda costa que les robasen sus alhajas.

Fue así como se corrió la voz de que ese monte estaba repleto de tesoros árabes por desentrañar. Así que se pusieron manos a la obra a excavar en la montaña sin encontrar nada pero dando lugar a las famosas cuevas donde hoy habitan muchos de los vecinos. Pese a resultar totalmente inútil el esfuerzo, quedó perenne que ese monte era sagrado por lo que en teoría se escondía en él”.

De ahí que la zona pasase a ser conocida, según la leyenda, como el “monte sagrado”. La misma que explica que por el uso habitual, pasó a decirse Sacromonte.

Y desde su altura, como vigía que todo lo custodia sin descanso, está la Abadía del Sacromonte que nos ofrece una de las más espectaculares vistas, tanto de la Alhambra como de Granada.

DE COMO VALPARAISO PASÓ A LLAMARSE SACROMONTE (Black and white version)

EL DESPERTAR DEL VALLE (o cuando la fiesta es la explosión de la primavera)

En épocas de crudo invierno, cuando en la naturaleza todo parece dormitar, quizás no se aprecie pero en el subsuelo, a pocos centímetros de la superficie, se está gestando una actividad frenética. La vida, siguiendo con su periodo cíclico, comienza a rearmarse y en breves semanas tendremos la explosión de color más bella jamás vista por el ojo humano ofrecida por una naturaleza insaciable que, como cada año, elije al Valle del Jerte(1) para engalanar la primavera con más de un millón y medio de cerezos en flor.

Tras los días de floración, los cerezos ya han atraído, no solo la mirada del viajero entusiasta sino lo que es más importante para ellos, la visita y el trabajo de las abejas y otros polinizadores que hacen la silenciosa labor que determina la calidad del fruto.
Una vez que los cerezos son polinizados, las flores ya no son necesarias y sus blancos pétalos caen en una continua lluvia que se extiende cual manto nevado a lo largo y ancho de todo el valle.

Sin duda alguna, el despertar del valle es un espectáculo sin precedentes para los cinco sentidos.

(1)Entre las estribaciones occidentales de la Sierra de Gredos y la ciudad de Plasencia se encuentra la comarca serrana de «El Valle del Jerte», por la cual discurre el río Jerte, afluente del río Alagón, tributario a su vez del Tajo.

El nombre que procede del árabe Xerit, puede significar angosto o cristalino, siendo el río Jerte ambas cosas a la vez. Nacido a unos 1800 metros de altitud, en los altos de Tornavacas, desde donde se divisa el valle en panorámica, pasa por las localidades de Tornavacas, Jerte, Cabezuela y Navaconcejo hasta llegar a Plasencia, 50 kilómetros después. En su breve trayecto recoge las aguas de arroyos, gargantas y fuentes que convierten este pequeño gran valle cacereño en un jardín botánico.

El Valle del Jerte nos invita en cada instante a descubrir las sorpresas del paisaje: el salto de la trucha que remonta la corriente, la seta jugosa que esconde el robledal, el postrer destello púrpura que arranca el sol a los neveros, vagar por umbrosos senderos que serpentean la montaña, mojar el cuerpo en las chorreras espumosas de cualquier garganta.

EL CERRO DEL SOL

Sierra Nevada es un espectáculo que puede admirarse desde mil y un rincones de la provincia de Granada, pero que la capital, más allá de las torres de la Alhambra, posee un lugar llamado el Cerro del Sol en el que se muestra en toda su plenitud, donde se puede contemplar como la luz del crepúsculo se resiste a abandonar Granada.

Cuenta la leyenda que desde ese punto fue donde el penúltimo rey de Granada, Muley-Hacen (Abu al-Hasan), una vez destronado por su hijo Boabdil y quizás maravillado por su inmensa belleza, albergó el sueño de ser enterrado en sus cumbres y convertir el punto más alto de Sierra Nevada en su última morada.

Y es que el Cerro del Sol es esa atalaya donde puedes divisar como el sol proyecta, cada tarde, sus rayos de luz provenientes del ocaso trazando un camino que asciende desde la Vega de Granada hasta alcanzar, en Sierra Nevada, el lugar más alto donde imprimir en rojo la llegada de la noche. La imagen de esta montaña ha sido siempre el centro de atención y una referencia clara para quienes, desde hace milenios, habitaron las tierras situadas bajo sus faldas. Todos ellos sintieron la misma fascinación al percibir cuando la luz invade las cumbres, y coincidieron en incluir al astro rey en su particular forma de nombrarla. Fue Solarius para los romanos y Sulayr para los árabes, dos nombres con el sol como esencia básica de un enclave mágico por naturaleza.

EL CERRO DEL SOL (black and white version)

EL ÁRBOL SABIO

Un árbol tiene pensamientos dilatados y serenos, así como una vida larga, mucho más que la nuestra. Es infinitamente más sabio que nosotros, Por eso, cuando aprendemos a escucharlo, la brevedad, rapidez y apresuramiento infantil de nuestros pensamientos adquiere una alegría sin precedentes.

Siembra el amor por los árboles en la tierra fértil de la imaginación de un niño y habrás salvado a la humanidad.

LA ESPETERA (Reminiscencias de una niñez)

Ese habitáculo, pequeño, fresquito, con una bombilla que colgaba de un cable trenzado en el techo en donde los olores de embutidos de matanza colgados en cañas se mezclaban con el aceite almacenado en la aceitera de chapa colocada en el rincón y con el tomillo y el romero proveniente de la orza de las aceitunas “aliñás”
Ese aroma a manteca incrustado a través de los años en la pared encalada y en la madera de los escasos muebles y vasares que se advierten en la penumbra que se deja ver por la rendija del ventanuco que sirve como respiradero.
Esa talega de pan colgado detrás de la puerta, recién horneado en la tahona.
Ese vaho que sale de la boca en invierno cuando tu madre te mandaba a la despensa, o la fresquera, porque también se le llamaba fresquera, y entrabas a coger cualquier cacharro que allí había.
Esa cantarera con cántaras de barro llenas de agua fresquita sacada del aljibe con el cubo de zinc.

Esa espetera, en la que nuestra madre, nuestra abuela, guardaba con especial celo todo tipo cacerolas, cazos, cucharones, sartenes, ollas, grandes y pequeñas, y tapaderas, la mayoría estañadas y arregladas por aquel “hojalatero” de piel morena y acartonada que pasaba una vez por semana por la calle y que, mientras sostenía en la comisura de los labios con sublime destreza un cigarrillo de tabaco de liar, se ganaba la vida honradamente pregonando que se arreglaban todo tipo de útiles de cocina, varillas de sombrillas y en definitiva, todo lo que de metal se pudiese arreglar.

Y ese niño, que en esas horas baldías del día, en las tediosas tardes de verano en la que la calor apretaba de lo lindo y no te dejaban hacer nada, se encerraba allí, se colocaba frente al arsenal de cacerolas con un par de cucharas de palo, una en cada mano y soñaba con ser el mejor batería, habido y por haber, de todos los tiempos.

Y es que, cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo.

EL ÚLTIMO DÍA

Ya ha amanecido. La vieja estación, antes de realizar su trabajo, mira a su izquierda. A lo lejos, la montaña, Sierra Nevada, que luce más nevada que nunca en una mañana fría de invierno en la que el sol, por fin ha ganado la partida a la niebla y luce sus mejores galas. Con actitud gentil, la estación se dispone a acoger a los pasajeros, los protege del frio y sin que ellos sospechen nada, juega a escuchar sus secretos.
Por ella han pasado varias generaciones, ha visto a padres con sus hijos recién nacidos y a éstos de adultos. Ha derramado lágrimas de dolor cuando las familias iban a la ciudad a reconocer a sus familiares muertos o lágrimas de alegría cuando se anunciaba algún nacimiento.

Dicen que le queda poco tiempo de vida. Ha oído decir que no encaja en el nuevo sistema ferroviario que ha convertido la esencia de un viaje en un mero trámite de tiempo pero una madre acompañada de su hijo hace que olvide su cercano final y sonría unos breves segundos contagiada por las risas del pequeño.

¡Allá va! El viejo y añorado tren que también pronto será sustituido por otro más rápido y moderno, pero a diferencia de la estación, será mostrado en algún museo del ferrocarril y sin embargo, de ella, nadie se acordará.
Siente algo entre sus viejos muros que le anuncia que el final está llegando, demasiado movimiento de gente extraña. La tristeza a veces se ve superada por la rabia de no poder hacer nada, de no poder intervenir en su destino. Cuando ella caiga, la historia de todos los que por allí han pasado, caerá también.

Un camión se acerca. Es la hora. Los hombres entran y comienzan a desmontar los viejos bancos de madera, la máquina expendedora de billetes, el despacho del jefe de estación. Prisas, todo son prisas para terminar con ella, ni tan solo pueden esperar unos días más. Se siente vacía, le han arrancado una parte de su ser inerte y en silencio se resigna.
El día lleno de sol que la ha acompañado también se entristece por su final y comienza a llover. Sus paredes se mojan y cubren las lágrimas que no ha dejado de derramar en todo el día. Entretanto los pasajeros llegan y se van, algunos la miran con nostalgia, mañana ya no vendrán. Otros se muestran indiferentes, para ellos la estación no es más que la imagen que cada mañana les recuerda al tedio de sus obligaciones, el paso previo al trabajo, a la rutina.
Los hombres del camión continúan con rapidez su labor, debían haber llegado antes y tienen ganas de finalizar su jornada. Los bancos caen al suelo, arrastran con un ruido insoportable la máquina de los billetes. Sólo parecen sobrevivir los fluorescentes que cuelgan del agrietado techo y tampoco les debe quedar mucho tiempo más.

Empieza a anochecer, apenas hay gente, el último tren ya ha pasado apenas sin detenerse. La noche acompaña a la lluvia y cada vez es más difícil para la estación poder ver Sierra Nevada. ¿Tampoco dejarán que se despida de ella?

La oscuridad es total, las nubes y la niebla ya no le dejan ver a apenas unos metros. Los fluorescentes también se apagan, el jefe de estación pasea, es el único que va a despedirse, apoya su mano en una de las húmedas paredes y la mira, también mira a las vías. Le hace compañía unos minutos, antes de marcharse.

Ya todo es silencio, ahora sólo toca esperar. Pasa la noche suplicando poder ver un nuevo amanecer, poder ver una vez más a su amiga la montaña, pero la fría noche no le da respuesta alguna, no quiere hablar con ella. El nuevo día llega con una lentitud insoportable, cualquier ruido le hace temer la llegada del final. Toda la noche ha llovido pero sale el sol. Él también quiere decirle adiós. Su luz brillante se deja ver lenta y la estación siente un enorme alivio.

Parece un día normal pero los pasajeros han desaparecido, ya no volverán a pisarla ni podrán sentarse en los bancos, ya arrancados.

Las paredes de la estación tiemblan de miedo y de dolor al ver como el silencio se coloca frente a ella. La soledad la acompaña como una pesada losa y la espera a que se ejecute su condena se hace eterna. Su vieja puerta, ya de un azul mortecino, se ha cerrado para siempre. La estación yace herida de muerte, sin poder ver nunca más a los niños, ni a sus padres, ni a sus abuelos. El cielo se cubre como la noche pasada y la lluvia aparece de nuevo en forma de tormenta, que se queja gritando enfurecida con sus truenos y la vieja amiga, la montaña, consigue resistirse para ver, por última vez, a su estación antes de verla convertida en ruinas.

CUANDO ERA MÁS JOVEN (Joaquín Sabina)

Cuando era más joven viajé en sucios trenes que iban hacia el norte
Y dormí con chicas que lo hacían con hombres por primera vez
Compraba salchichas y olvidaba luego pagar el importe

Cuando era más joven me he visto esposado delante del juez
Cuando era más joven cambiaba de nombre en cada aduana
Cambiaba de casa, cambiaba de oficio, cambiaba de amor
Mañana era nunca y nunca llegaba pasado mañana
Cuando era más joven buscaba el placer engañando al dolor
Dormía de un tirón cada vez que encontraba una cama
Había días que tocaba comer, había noches que no
Fumaba de gorra y sacaba la lengua a las damas
Que andaban del brazo de un tipo que nunca era yo

Pasaron los años, terminé la mili, me metí en un piso
Hice algunos discos, senté la cabeza, me instalé en Madrid
Tuve dos mujeres, pero quise más a la que más me quiso
Una vez le dije: «¿Te vienes conmigo?» Y contestó que sí
Hoy como caliente, pago mis impuestos, tengo pasaporte
Pero algunas veces pierdo el apetito y no puedo dormir
Y sueño que viajo en uno de esos trenes que iban hacia el norte
Cuando era más joven la vida era dura, distinta y feliz

Dormía de un tirón cada vez que encontraba una cama
Había días que tocaba comer, había noches que no
Fumaba de gorra y sacaba la lengua a las damas
Que andaban del brazo de un tipo que nunca era yo

LAS TORRES DE LA ALHAMBRA (El Peinador de la Reina)

El Peinador de la Reina, también llamado Tocador o Mirador, se construyó hacia el 1537 sobre la Torre de Abu l-Hayyay, y su nombre se debe a que fueron los aposentos de la Emperatriz Isabel, esposa de Carlos V. La torre de Abu l-Hayyay, construida sobre el adarve y desde la que se domina todo el valle del Darro, fue decorada por Yusuf I y terminada por Mohamed V. Formaba parte del palacio y era de carácter defensivo. Se llegaba a ella por el adarve cubierto que va bajo el Salón de los Embajadores. La muralla alcanzaba el alféizar de los balcones del Peinador, pero al ser destruida en 1831, se reconstruyó con menor altura y se descubrió una escalera secreta que atraviesa la parte baja de la torre y termina en un rellano del bosque que se encuentra a sus pies.

Cuenta la leyenda que la Torre de Abu l-Hayyay sirvió de prisión donde fue encerrado Boabdil por su cruel padre, y que la reina descolgó a su hijo con las ropas de cama, al amparo de la oscuridad de la noche. Al pie de la colina le esperaba un criado con un caballo, veloz en la carrera, para escapar con el príncipe a las montañas.

Las torres de la Alhambra, testigos mudos de amores imposibles.

Las Torres de la Alhambra (El Peinador de la Reina/Black and white version)

LO QUE ENCIERRAN LOS MUROS

Casa anónima en el Barrio La Paz (Fuente Vaqueros), en pleno corazón de la vega lorquiana

Una vez que se ha ido el duelo, Bernarda se dirige, amenazante y altiva, a sus hijas en presencia de su fiel ama de llaves, la Poncia.
«En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Hacemos cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo. Mientras, podéis empezar a bordar el ajuar. En el arca tengo veinte piezas de hilo con el que podréis cortar sábanas y embozos. Magdalena puede bordarlas»(1).

Suena un disparo. Entra Bernarda: “Atrévete a buscarlo ahora”. “Se acabó Pepe el Romano”, sentencia Martirio. Adela sale corriendo. En realidad no lo ha matado, salió huyendo. Pero lo han dicho como escarmiento. Se oye un golpe. Adela se ha encerrado. La Poncia trata de abrir la puerta y Bernarda le ordena abrir. Finalmente, La Poncia logra entrar de un empujón, y sale gritando. Adela se ha ahorcado. Las hermanas se echan hacia atrás, Bernarda da un grito y avanza: “¡Descolgarla! ¡Mi hija ha muerto virgen! Llevadla a su cuarto y vestirla como si fuera doncella. ¡Nadie dira nada! ¡Ella ha muerto virgen! Avisad que al amanecer den dos clamores las campanas.”. “Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! ¡A callar he dicho! Las lágrimas cuando estés sola… Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!(2)”.

(1)Pasaje del primer Acto y (2)Desenlace final de la obra cumbre de Federico García Lorca, La Casa de Bernarda Alba.