Cuando la vida se abre camino

Uno se queda maravillado viendo como esta amapola se ha aferrado sobre un débil manto de barro de apenas unos milímetros de grosor vertido por las últimas lluvias sobre un lecho de hormigón, Y es que «Lo que es para ti, ni aunque te quites y lo que no, ni aunque te pongas».

CUANDO CON SÓLO LA MIRADA, TE LO DICEN TODO.

Hablaba este que suscribe, en un post anterior, de la diferencia entre ver, mirar y observar. Que no sólo es ver o mirar sino que también es observar ya que, mientras ver o mirar es una acción más bien física, la simple recepción de estímulos visuales, observar, en cambio, va más allá de lo físico. Implica una intención, una dirección, una carga emocional y cognitiva.

Porque hay miradas y miradas. Hay, por ejemplo, miradas que pueden establecer una conexión entre dos personas, incluso sin mediar palabra. Miradas que pueden transmitir emociones como amor, odio, tristeza, alegría, curiosidad o desconfianza.

Hay miradas que, según en la forma en la que miramos o somos mirados están influenciadas por dinámicas de poder. La mirada puede ser una forma de control, de dominación o de sumisión.

Hay miradas que no siempre podemos descifrar la verdadera intención que llevan detrás. Alguien nos puede sonreír con los labios pero tener una mirada fría, revelando una contradicción entre lo que muestra y lo que siente.

Hay miradas de soslayo que pueden indicar timidez, desconfianza o algún interés oculto.

Hay miradas fijas y directas que pueden ser señal de confrontación, desafío, o también de una profunda atención e interés.

Hay miradas perdidas que pueden denotar distracción, apatía o tristeza.

Hay miradas con los ojos entrecerrados que, a menudo, asociamos con el escepticismo y la duda.

En definitiva, que hay miradas que transmiten información sin necesidad de palabras. Miradas que expresan emociones (alegría, tristeza, enojo, miedo, amor, odio), intenciones (interés, desinterés, desafío, sumisión), y estados mentales (concentración, distracción o confusión).

Y luego está la de este elemento, al que sorprendí (o me sorprendió él a mí) en una esquina anónima del mundo, mientras pedaleaba con el amigo Paco y que, en apenas tres segundos, lejos de montar un drama, con sólo una mirada me lo dijo todo.

PENSAMIENTO SUSPENDIDO

No había nada más. Sólo yo, el mar y el cielo. Era el completo silencio, roto únicamente por el suave murmullo del vaivén de las olas que se mezclaba casualmente con el lejano graznido de una gaviota que acertó a pasar por allí… (bueno, y ese velero fondeado sin molestar en absoluto a la imagen idílica del momento).

LA DIFERENCIA ENTRE VER, MIRAR Y OBSERVAR

Hay quien ve, pero no mira.
Hay quien mira, pero no ve.
Hay quien ve…. y mira.
Hay quien ni ve, ni mira (que también los hay, así, sin más).
Y luego está quien observa, que no le hace falta ni ver ni mirar; solo observar; Observar para contemplar, para analizar, para comprender, para percibir o, simplemente para disfrutar, por ejemplo, de lo efímero de un amanecer.

DOSSIER BOULANGER (El Primer Restaurante en París)

En 1765, un mesonero llamado Dossier Boulanger abrió en París una casa de comidas y a la puerta colgó el siguiente letrero:

«Venite ad me vos qui stomacho laboratis et ego restaurabo vos»

No eran muchos los parisinos que en el año de 1765 sabían leer francés y mucho menos el latín, pero los que podían, sabían que Boulanger, el propietario, decía:

«Venid a mí casa hombres de estómagos cansados que yo los restauraré.»

La frase tuvo tal éxito que desde entonces, todas las casas de comidas en el mundo se llaman “restaurantes”. Aparte la deliciosa gastronomía que se hizo famosa en toda Francia, Boulanger deleitaba a sus comensales con deliciosos postres preparados por él mismo y debido a la fama de su repostería Boulanger también es el “culpable” de que en Francia a las panaderías se les llame “boulangeries”.

«Venite ad me vos qui stomacho laboratis et ego restaubo vos»

«Venid a mi casa, hombres de estómagos cansados que yo los restauraré»

La palabra restaurante se estableció en breve y los chef de más reputación que hasta entonces sólo habían trabajado para familias privadas, reyes y ministros abrieron también sus propios negocios o fueron contratados por un nuevo grupo de pequeños empresarios: los restauradores.

El término «restaurante» llegó a Estados Unidos en 1794, traída por el refugiado francés de la revolución Jean Baptiste Gilbert Paypalt, este fundó lo que sería el primer restaurante francés en Estados Unidos llamado Julien’s Restorator.

Hay muchas curiosidades en esta historia, una de ella es la “misión de restaurar el ánimo, la sonrisa y la salud” que tienen los que trabajan en un restaurante, es una misión noble, loable especial.

Cada uno de nosotros es especial en lo que hace, si logra comprender lo profundo del aporte de su labor al bienestar general.
Da igual a lo que te dediques, ¿Qué restauras? ¿A quien ayudas? ¿Qué sumas al bienestar, la felicidad y la salud de alguien más? Quizás ahí encontremos las respuestas a muchas preguntas.

Texto extraído de la red.

EL RELOJ DE PIEDRA

La montaña es como un reloj antiguo cuyo mecanismo es la propia naturaleza en la que cada piedra, cada árbol, cada brizna de hierba es una manecilla que marca el inexorable  paso del tiempo.

Aquí arriba, en la montaña, cada momento, cada instante, es más pausado, como más lento, donde el devenir de los siglos modifica pacientemente el paisaje creando senderos escoltados por todo tipo de vegetación que serpentea entre rocas, algunas de colosal tamaño, donde cualquier rincón es un espacio donde la vida sigue abriéndose camino.

El silencio, el otro gran aliado que impera en las alturas, llega a ser tan profundo que te permite escuchar el latido de tu corazón. A veces contrasta con el bullicio desenfadado que se produce bajo tus pies, donde el rugir del agua de un riachuelo abriéndose camino entre piedras se mezcla con el mecer de las ramas y con el cantar de algún que otro pajarillo.

Mientras, el sol, con una luz tenue, sin duda enfriada por un tácito pacto firmado en una improvisada transición entre el otoño reinante con el venidero invierno marca el paso de las horas pintando de rosos cálidos las cumbres y proyectando sombras danzantes que bailan al son del viento sobre las copas doradas de esos testigos silenciosos que son los árboles.

Es, sin duda, un placer para los sentidos.

PERSPECTIVA POÉTICA (de cuando pasé por Jérez del Marquesado)

A veces, en un mundo cada vez más complejo y acelerado nos encontramos de manera inesperada con ese paisaje que, sin avisar, aparece como una ola bravía que nos sorprende con su fuerza y que nos incita a encontrar en la simplicidad una invitación a detenernos, a observar la belleza que, en su forma más pura, nos envuelve. Es una perspectiva poética en la cual, lo más simple es lo más bello, donde menos es más, porque nos conecta con lo esencial, con lo que nos motiva.

A medida que lo observas te sientes envuelto por la tranquilidad y la majestuosidad de un otoño mortecino que recibe los envites del invierno, resistiéndose a morir, y en la que te invade esa sensación de ser parte de algo más grandioso que tú mismo.
Es un momento de calma, de contemplación, donde el mundo parece detenerse y solo queda el presente, el aquí y el ahora. Es una experiencia que despierta los sentidos y te conecta profundamente con la belleza natural que te rodea.

ESE MOMENTO

Hay días en los que el cielo azul se convierte en un lienzo infinito de tonos grises bañados de rosados y tenues anaranjados. Ese momento de paz en el que el mundo se reduce a ese pequeño espacio donde la inmensidad serena del mar hace, con su poder hipnótico, que se desvanezcan los problemas y las preocupaciones.

LOS LAVADEROS DE LA REINA

Los Lavaderos de la Reina son más que un lugar; son un refugio para el alma, un rincón donde el tiempo parece detenerse y la belleza de la naturaleza se revela en su máxima expresión. El aire puro y fresco de la montaña envuelve los sentidos donde el murmullo y rugido de las aguas salvajes nos transmiten la serenidad y la paz que se puede encontrar cuando se conecta profundamente con la tierra y sus maravillas. El porqué de su belleza lo encontramos en su particular naturaleza, en lo efímero de su existencia. Lejos de ser algo inerte, los Lavaderos te ofrecen una imagen única, exclusiva del momento en el que los visitas quedando para siempre grabados en la retina.

Ubicados a más de 2.500 m de altitud en un circo milenario de origen glaciar con cimas de alta montaña, chorreras, neveros, prados y lagunas forman este insólito paisaje más propio de latitudes nórdicas que de zonas meridionales. Si a esto le añadimos el suelo negro de su superficie rocosa, tapizado del intenso verde floral en el que transforma en la época del deshielo, es fácil entender el porqué los Lavaderos de la Reina es una de las rutas más imponentes de Sierra Nevada. Su particular denominación se la debe a la reina Fabiola de Bélgica, que al parecer los visitó en más de una ocasión. Los lugareños, en agradecimiento, le cambiaron su antiguo nombre, Circo de las Covatillas, por el actual.

Para acceder hasta allí, debes ponerte a prueba por una carretera primero y pista de tierra después, a prueba de vértigos. Una vez llegas a “la cadena”, lugar convenido para dejar el coche e iniciar le periplo, y tras ajustarse bien los arreos propios de una excursión de esta índole, inicias la ruta. Desde que se da el primer paso, el paisaje emociona. No todos los días se tiene una panorámica tan inmensa y cercana de colosos como el Veleta, Los Machos, el Mulhacén, o la Alcazaba.

Tras alcanzar la cima de pico Papeles y sus 2.424 metros, llegamos a los primeros neveros. Ha pasado casi hora y media desde que comenzamos y el trayecto nos obsequia con un sitio donde sacar el niño que llevas dentro y jugar con la nieve.

Sin perder el ritmo, continuamos hasta subir a la Loma de los Cuartos para, después, descender al circo de los Lavaderos de la Reina. Este tramo es especialmente peligroso por lo que es recomendable cuidar mucho donde se pisa e, inclusive, si fuese necesario, llevar crampones para fijarse bien al terreno.

Nos encontramos ante el protagonista indiscutible de la ruta. Un lugar salvaje y con cierto aire de misterio que despierta ciertas reticencias y espectacularidad casi a partes iguales que fascina a todo aquel que lo visita.

El siguiente reto de la ruta son las chorreras del Covatillas, un tramo espectacularmente bello que regala panorámicas de las bajadas de agua proveniente del deshielo que descienden con fuerza y estruendo montaña abajo.

Ya en el tramo final, pasamos por la acequia de Papeles y la Hoya de la Alberca, un rincón donde el verde toma el protagonismo en plena primavera. El paisaje más grandioso ha quedado atrás. Las chorreras, la impresionante vegetación que renace bajo el hielo como la espectacular Genciana de Primavera empieza a asomar en ramilletes coloridos de azules pétalos, siempre a orillas de cualquier reguero de agua gélida.

Cuando decides regresar y vuelves la vista atrás, las emociones percibidas nos permitirán asimilar lo especial de la experiencia vivida.

Gracias infinitas a Andrés Ureña.

Puedes ver la galería de fotos completa AQUÍ

LOS RUGIDOS DE LA NATURALEZA

Cuando el viento aúlla y las nubes grises cubren el cielo, el mar, en respuesta, experimenta una transformación dramática convirtiendo el azul sereno en un tono plomizo, turbulento, y si cabe, tenebroso; como escapado de un cuadro de El Greco.

Es entonces cuando el aroma del mar se mezcla con el de la tormenta y un silencio se apodera de la escena que sólo es interrumpido por el rugido del viento, el rugido del mar y el rugido del cielo, como si la naturaleza misma se rebelara en un acto apocalíptico.