
Siento que si las miles de amapolas que deben venir no apareciesen, mi paisaje quedaría sin vida. Ellas marcan la cotidianidad y, al mismo tiempo, van rompiendo la monotonía de algunos recuerdos. Saben que vienen para no quedarse.
Tienen asumido que su paso por aquí es efímero, pero mientras tanto, se adueñan de lo espontáneo, de la capacidad visual y sensorial. Ninguna permanece ausente….y eso las hace aún más bellas.
Por eso, aquellos volátiles, pasajeros, evanescentes, imprevistos, pero al mismo tiempo persistentes pétalos rojos se convierten, pese a su debilidad, en los poderosos colores de la primavera.












Uno de los recuerdos que mejor guardo es ver como crecía en el patio de casa ese par de flores de pato que mi madre solía tener entre decenas de otras macetas de múltiples formas y colores.





































