Los verdes, casi desaparecidos, brotan con fuerza en primavera y las plantas comienzan a lanzar su paleta de colores para transformar en una sinfonía cromática a un paisaje que parecía apagado en tonos marrones.
Ahora entre olivares y zonas de cultivo el amarillo de los jaramagos coge con inusitada valentía las riendas del protagonismo y ocupan grandes extensiones de terreno formando en algunas zonas una alfombra sobre el suelo. Las aves se muestran alegres con su jolgorio y diversos cantos acompañan el paseo por los caminos en los que también las flores brotan. Incluso en algunas zonas de algún anónimo olivar aparece una enorme presencia de margaritas.
Nosotros también formamos parte de la tierra, como en un círculo simbiótico. Por eso, la primavera es una buena oportunidad para sacar nuestra luz, contagiarnos por el entorno y despertar nuestros colores tal cual lo hace la naturaleza.
A medida que te vas acercando tranquilamente a ÁCULA vas descubriendo las maravillas de una población callada, laboriosa y algo misteriosa. El sagaz visitante puede percatarse de que topa con un lugar muy especial, más allá del tiempo, del espacio y de la historia y por unos momentos puede reproducir un rincón extraído de un cuadro del pintor neerlandés Piet Mondrian, colmado de verdes y ocres por los campos de cereal y toda clase de plantas aromáticas.
De entrada, lo que me llamó la atención es el nombre de la comarca: El Temple. Eso, y con mi pertinaz e insaciable sed de curiosidad, me inmiscuyo dentro de los archivos más directos que tenemos a mano y lo primero que me encuentro hace referencia a una tumba de un caballero templario, muy cerca de Ácula, en lo que hoy es conocido como La Malahá.
¿Cómo podía encontrarse una tumba de un caballero templario en aquel escenario tan lejano para el mundo cristiano de la España de los siglos XII, XIII y XIV?
Posteriormente, tras un “garbeo por la red”, mis pesquisas me llevaron hasta una novela histórica: “La confesión: El médico templario” de Jesús Ávila Granados(1), en donde puedo ver que la Granada nazarí concedió a los templarios un espacio geográfico que se llamaría “El Temple”, probablemente gracias a la ayuda que estos brindaron a los nazaríes en la victoria sobre los infantes de Castilla en la batalla de Sierra Elvira, un hecho que tuvo lugar el 25 de junio de 1319 en los alrededores de Pinos Puente.
(1)Jesús Ávila Granados, autor de «La Confesión: El médico templario», es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona. Colaborador asiduo de varias revistas, es también un conferenciante frecuente. Es miembro de varias entidades culturales de diversa índole. Es autor de numerosísimos ensayos sobre temas antropológicos, históricos, artísticos, gastronómicos y enológicos, y especialista en temas esotéricos. Ha recibido numerosos premios.
Considero que nada sucede por casualidad. En el fondo, las cosas tienen un plan, aunque nosotros no lo entendamos. Se supone que vamos siempre hacia adelante, pero muchas veces nos empeñamos en intentar conseguir justo lo contrario. Parece como si quisiéramos ir al revés y vivir hacia atrás. Bueno, escribo desde la obsesión que tenemos de recordar y volver a recordar el pasado hasta acabar idealizándolo, para bien o para mal. Y es que lo idealizamos tantas veces que acabamos arruinando el presente con preocupaciones, sueños muertos y arrepentimientos. Ese lugar donde fuiste feliz ya no se parece al que tenemos guardado en nuestra mente. El éxito está en dejar al pasado, al recuerdo, en su lugar, respetándolo, viéndolo, pero no regresando. Que el tiempo se encargue de él.
Si me preguntan, ¿regresarías al lugar donde alguna vez fuiste feliz? Mentiría si dijera que no. Quizás por eso, le doy la razón al maestro Sabina.
Hay canciones que tienen una melodía especial que las hace únicas, hay canciones que tienen una letra tan lograda que cualquier verso tiene sentido por sí solo, hay canciones que al ser interpretadas por distintas voces renacen, incluso hay canciones que nacen como un regalo. Y luego está, si acaso, “Peces de ciudad”, que cumple con todos estos requisitos además de ir trasladándonos a los parajes que va describiendo.
En «Peces de ciudad», según la versión que escuchemos, se cita Comala (Sabina) y Macondo (Ana Belén). Ambos pueblos tienen dos semejanzas esenciales: 1) El cerrarse al tiempo, el rencor y la soledad. 2) Sus apariciones y presencias. Tanto Comala como Macondo son pueblos negados a trascender más allá del tiempo de las novelas.
¿Que a qué viene esto? Pues a que es muy tarde. Tanto que, más que tarde ya es temprano, que las musas, egoistas ellas, amenazan con pirarse y que fuera hace frio y está lloviendo.
PECES DE CIUDAD (Joaquin Sabina)(1)
Se peinaba a lo garçon La viajera que quiso enseñarme a besar En la gare d’Austerlitz
Primavera de un amor Amarillo y frugal como el sol Del veranillo de San Martín
Hay quien dice que fui yo El primero en olvidar Cuando en un si bemol de Jacques Brel Conocí a mademoiselle Amsterdam
En la fatua Nueva York Da más sombra que los limoneros La estatua de la libertad Pero en Desolation Row Las sirenas de los petroleros No dejan reír ni volar
Y, en el coro de Babel Desafina un español No hay más ley que la ley del tesoro En las minas del rey Salomón
Y desafiando el oleaje sin timón ni timonel Por mis sueños va, ligero de equipaje Sobre un cascarón de nuez, mi corazón de viaje Luciendo los tatuajes de un pasado bucanero De un velero al abordaje de un, de un no te quiero querer
Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar Al país donde los sabios se retiran Del agravio de buscar labios que sacan de quicio
Mentiras que ganan juicios tan sumarios que envilecen El cristal de los acuarios de los peces de ciudad Que mordieron el anzuelo, que bucean a ras del suelo Que no merecen nadar
El Dorado era un champú La virtud, unos brazos en cruz El pecado, una página web En Comala comprendí Que al lugar donde has sido feliz No debieras tratar de volver
Cuando en vuelo regular Pisé el cielo de Madrid Me esperaba una recién casada Que no se acordaba de mí
Y desafiando el oleaje sin timón ni timonel Por mis venas va, ligero de equipaje Sobre un cascarón de nuez, mi corazón de viaje Luciendo los tatuajes de un pasado bucanero De un velero al abordaje, de un, de un liguero de mujer
Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar Al país donde los sabios se retiran Del agravio de buscar labios que sacan de quicio
Mentiras que ganan juicios tan sumarios que envilecen El cristal de los acuarios de, de los peces de ciudad Que perdieron las agallas en un banco de morralla En una playa sin mar
(1) Joaquín Sabina, autor de Peces de Ciudad, regaló la versión original de la canción a Ana Belén, que la interpreta magistralmente. No es la primera vez que esto ocurre. También hizo lo propio con «A la sombra de un león» allá por 1988. Peces de Ciudad, fue también interpretada en acústico (solo con guitarrapor Rozalén, ) en un homenaje que se le hizo a Ana Belén dejando atónitos a propios y extraños.
DE COMO HAY LUGARES A LOS QUE NO HAY QUE TRATAR DE VOLVER (black and white version)
Las Lagunas de Ruidera, es un paraje de gran belleza con singularidades paisajísticas y geológicas, localizado en Castilla La Mancha, en los límites de las provincias de Ciudad Real y Albacete. Este parque natural está formado por un complejo sistema lagunar compuesto por quince lagunas, que a lo largo de 30 kilómetros constituyen el valle del Alto Guadiana y en su parte más alta el lugar de nacimiento del río Guadiana.
Ruidera es uno de los parajes naturales más sorprendentes de España, un lugar de gran valor paisajístico, con diversidad de ambientes para descubrir y recorrer conociendo sus lagunas, disfrutar de inmensas lagunas, de aguas trasparentes e intenso color azul turquesa. Las quince lagunas se rebosan e inundan unas a otras formando cascadas y saltos debido a formaciones geológicas como las barreras travertínicas. Estas son el rasgo más característico de este parque natural. Alberga una sorprendente riqueza biológica con gran diversidad de especies animales y plantas, montes de encinares y sabinares, sotos, arboledas de Álamos y vegetación palustre como la Masiega o la Enea.
El espectáculo visual de este oasis en medio del Campo de Montiel te sorprenderá. La belleza paisajística de este Parque Natural, uno de los más bonitos de España, no deja indiferente a nadie.
Pero las Lagunas de Ruidera no solo son un paraje natural de una belleza impresionante sino que forman parte de la literatura universal gracias a su relevancia en El Quijote.
A camino entre la historia y la leyenda, las Lagunas de Ruidera y el Campo de Montiel surgen como espacio de inspiración para Cervantes. El lugar sobre el que Cervantes creó el Quijote y las aventuras del caballero soñador y su acompañante Sancho Panza..
La Cueva de Montesinos es el enclave más importante de las Lagunas de Ruidera en El Quijote. A ella desciende el personaje y en ella tiene un sueño mágico que dura cuatro días. Es el lugar en el que su fantasía, su ilusión, se convierte en realidad. El lugar ya era un espacio propio de leyendas locales. Pero seguramente nadie podría imaginar que sería conocida en todo el mundo y a lo largo de los siglos por obra y gracia de Miguel de Cervantes.
Ruidera se declaró como parque natural en el año 1979.
CITA (De cuando el Quijote se dispone a entrar en la Cueva de Montesinos)
En estas y otras gustosas pláticas se les pasó aquel día, y a la noche se albergaron en una pequeña aldea, adonde el primo dijo a don Quijote que desde allí a la cueva de Montesinos no había más de dos leguas, y que si llevaba determinado de entrar en ella, era menester proveerse de sogas, para atarse y descolgarse en su profundidad.
Don Quijote dijo que aunque llegase al abismo, había de ver dónde paraba; y, así, compraron casi cien brazas de soga, y otro día a las dos de la tarde llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena de cambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas, que de todo en todo la ciegan y encubren. En viéndola, se apearon el primo, Sancho y don Quijote, al cual los dos le ataron luego fortísimamente con las sogas; y en tanto que le fajaban y ceñían, le dijo Sancho:
—Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace: no se quiera sepultar en vida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algún pozo. Sí, que a vuestra merced no le toca ni atañe ser el escudriñador desta que debe de ser peor que mazmorra.
—Ata y calla —respondió don Quijote—, que tal empresa como aquesta, Sancho amigo, para mí estaba guardada (…)
Vine al pie de tu vieja ventana, aquella que otrora mostraba con gallarda lozanía los campos desnudos y abandonados con las nubes vestidas de blanco y que tú mirabas como un niño, ya anciano. Mientras, hoy, en la espera del tiempo con tus ojos huraños, se vuelca hacía el olvido.
En el bosque, los árboles te rodean, se ciernen sobre ti, te presionan por todos lados, te bloquean las vistas, y te dejan desorientado y sin referencias. Te hace sentirte pequeño, confuso y vulnerable, como un niño pequeño perdido entre una multitud de piernas extrañas. Es entonces cuando percibes que reina el silencio como en un alma feliz, como en el interior de un templo; o como en castillos de cuentos hechizados y soñados donde hay tal solemnidad que las imaginaciones más grandiosas y bellas se apoderan por sí solas del caminante.
El bosque es lugar vasto, desconocido….y está vivo.
Es increíble como una flecha pintada sobre paredes y árboles ha conseguido constituirse y convertirse en una guía imprescindible para todos aquellos que avanzan en el Camino de Santiago.
Granada, que ya en sí es un monumento, es, además, una fuente inagotable de inspiración paisajística. Cuando la Alhambra nos lo permite, basta con posar la mirada en las vistas que rodean al monumento nazarí, para advertir el Sacromonte, una zona mágica donde podemos detenernos en más de mil y un detalles y rincones para deleitarnos en un lugar de retiro para quienes quieren contemplar vistas diferentes de la ciudad.
Y es que el Sacromonte, antes de conocerlo como es en la actualidad, era una ladera en la que había multitud de olivos. Tanto es así que su nombre era Valparaíso. Lo de Sacromonte vino después de la mano, como no podía ser de otra manera, de una enigmática leyenda:
“Dice la cultura popular granadina que tras la entrada de los Reyes Católicos en Granada y la expulsión de los moriscos varios años después con Carlos I ya en la corona, muchos de los que se marcharon, lo hicieron con la pena de dejar la tierra de sus antepasados y el lugar en el que habían nacido. Por ello, con la intención de que ellos o sus descendientes, regresaran algún día, escondieron buena parte de sus pertenencias, incluidos grandes tesoros en joyas, en la ladera de Valparaíso. Pues no solo querían dejar parte de sí mismos en Granada sino evitar a toda costa que les robasen sus alhajas.
Fue así como se corrió la voz de que ese monte estaba repleto de tesoros árabes por desentrañar. Así que se pusieron manos a la obra a excavar en la montaña sin encontrar nada pero dando lugar a las famosas cuevas donde hoy habitan muchos de los vecinos. Pese a resultar totalmente inútil el esfuerzo, quedó perenne que ese monte era sagrado por lo que en teoría se escondía en él”.
De ahí que la zona pasase a ser conocida, según la leyenda, como el “monte sagrado”. La misma que explica que por el uso habitual, pasó a decirse Sacromonte.
Y desde su altura, como vigía que todo lo custodia sin descanso, está la Abadía del Sacromonte que nos ofrece una de las más espectaculares vistas, tanto de la Alhambra como de Granada.
DE COMO VALPARAISO PASÓ A LLAMARSE SACROMONTE (Black and white version)
En épocas de crudo invierno, cuando en la naturaleza todo parece dormitar, quizás no se aprecie pero en el subsuelo, a pocos centímetros de la superficie, se está gestando una actividad frenética. La vida, siguiendo con su periodo cíclico, comienza a rearmarse y en breves semanas tendremos la explosión de color más bella jamás vista por el ojo humano ofrecida por una naturaleza insaciable que, como cada año, elije al Valle del Jerte(1) para engalanar la primavera con más de un millón y medio de cerezos en flor.
Tras los días de floración, los cerezos ya han atraído, no solo la mirada del viajero entusiasta sino lo que es más importante para ellos, la visita y el trabajo de las abejas y otros polinizadores que hacen la silenciosa labor que determina la calidad del fruto. Una vez que los cerezos son polinizados, las flores ya no son necesarias y sus blancos pétalos caen en una continua lluvia que se extiende cual manto nevado a lo largo y ancho de todo el valle.
Sin duda alguna, el despertar del valle es un espectáculo sin precedentes para los cinco sentidos.
(1)Entre las estribaciones occidentales de la Sierra de Gredos y la ciudad de Plasencia se encuentra la comarca serrana de «El Valle del Jerte», por la cual discurre el río Jerte, afluente del río Alagón, tributario a su vez del Tajo.
El nombre que procede del árabe Xerit, puede significar angosto o cristalino, siendo el río Jerte ambas cosas a la vez. Nacido a unos 1800 metros de altitud, en los altos de Tornavacas, desde donde se divisa el valle en panorámica, pasa por las localidades de Tornavacas, Jerte, Cabezuela y Navaconcejo hasta llegar a Plasencia, 50 kilómetros después. En su breve trayecto recoge las aguas de arroyos, gargantas y fuentes que convierten este pequeño gran valle cacereño en un jardín botánico.
El Valle del Jerte nos invita en cada instante a descubrir las sorpresas del paisaje: el salto de la trucha que remonta la corriente, la seta jugosa que esconde el robledal, el postrer destello púrpura que arranca el sol a los neveros, vagar por umbrosos senderos que serpentean la montaña, mojar el cuerpo en las chorreras espumosas de cualquier garganta.
Joaquín Ramón Martínez Sabina, Joaquín Sabina para los amigos, es el más notorio ejemplo de personaje flaco, ateo, escéptico, irónico, tímido, provocador, exultante, ciclotímico, calavera, tramposo, crápula, entrañable, realista y soñador que se resiste a envejecer, de salvaje ilustrado que se niega en redondo a civilizarse.
En mi descargo he de decir, señor juez, que pocas cosas unen más que el haber crecido con la complicidad de sus canciones. Y no tengo nada más que añadir, señoría.
PONGAMOS QUE HABLO DE JOAQUÍN (Luís Eduardo Aute) Degenerado y mujeriego con cierto aire de faquir, anda arrastrando su esqueleto por las entrañas de Madrid.
Aunque andaluz de fin de siglo, universal, quiero decir, no sé qué tiene de rabino cuando lo miro de perfil.
Amigo de causas perdidas desde aquel mayo de París, no tiene más filosofía que el «vive a tope hasta morir».
Medio profeta, medio quinqui, el lumpen es su pedigrí. Un tinto y una buena titi le bastan para resistir.
Tirando a zurdo en sus ideas por donde Escora Bakunín dice que abajo las banderas y arriba la lluvia de abril.
El perdedor es su universo aunque pretende ser feliz. Y aún hay quien dice que está cuerdo, pongamos que hablo de Joaquín
Madrid te da la bienvenida sin preguntarte de donde vienes. Se viste de largo para recibirte y alarga sus noches para que los recuerdos no te olviden. Madrid dibuja calles en mapas que no existen.
En Madrid los gatos vigilan tras las cortinas, observan a los que llegan para comenzar una vida. Muchos madrileños tienen un pueblo al que regresar, porque de allí salieron los familiares valientes que partieron años ha. En Madrid hay pijos y yonkis, barrios y barriadas, adoquines amarillos y calles Reales, putas, nostálgicos, trabajadores y gobernantes, ciclistas y patinetes. Churrerías y pinchos. Lujo y pobreza. Madrid es caos y desorden. Ruido y bullicio. Gin a cualquier hora, restaurantes con estrella o con cerveza en botella. Conciertos clandestinos y grandes recintos atestados de público, teatros con butacas de terciopelo rojo y salas diminutas, librerías y museos, galerías y artistas callejeros. Universidad y escuela. Bares y salas de fiesta.
Madrid aparece tras el mostrador cuando el turista llega. Todo lo que quieras, le dice, tenemos todo lo que puedas necesitar en esta vida o en cualquier otra.
Incluso el silencio. Madrid también es silencio, y cobijo, y refugio, y escondite. Es el lugar en el que se encuentran los amigos para toda la vida. Y los amores fugaces. Y los amantes invisibles.
A Madrid le debemos parte de lo que somos.
Las niñas ya no quieren ser princesas
PONGAMOS QUE HABLO DE MADRID (Joaquín Sabina) Allá donde se cruzan los caminos Donde el mar no se puede concebir Donde regresa siempre el fugitivo Pongamos que hablo de Madrid
Donde el deseo viaja en ascensores Un agujero queda para mi Que me dejó la vida en sus rincones Pongamos que hablo de Madrid
Las niñas ya no quieren ser princesas Y a los niños les da por perseguir El mar dentro de un vaso de ginebra Pongamos que hablo de Madrid
Los pájaros visitan al psiquiatra Las estrellas se olvidan de salir La muerte pasa en ambulancias blancas Pongamos que hablo de Madrid
El sol es una estufa de butano La vida un metro a punto de partir Hay una jeringuilla en el lavabo Pongamos que hablo de Madrid
Cuando la muerte venga a visitarme Que a mí me lleven al sur donde nací Aquí no queda sitio para nadie Pongamos que hablo de Madrid
Pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid
YO ME BAJO EN ATOCHA (Joaquín Sabina) Con su boina calada, con sus guantes de seda, Su sirena varada, sus fiestas de guardar, Se vuelva usted mañana, su sálvese quien pueda, Su partidita de mus, su fulanita de tal
Con su todo es ahora, con su nada es eterno, Con su rap y su chotis, con su okupa y su skin, Aunque muera el verano y tenga prisa el invierno, La primavera sabe que la espero en Madrid
Con su otoño Velázquez, con su Torre Picasso, Su santo y su torero, su Atleti, su Borbón, Sus gordas de Botero, sus hoteles de paso, Su taleguito de hash, sus abuelitos al sol
Con su hoguera de nieve, su verbena y su duelo, Su dieciocho de julio, su catorce de abril A mitad de camino entre el infierno y el cielo Yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid
Aunque la noche delire como un pájaro en llamas Aunque no dé la gloria la Puerta de Alcalá Aunque la maja desnuda cobre quince en la cama Aunque la maja vestida no se deje besar
Pasarela «Cibeles», cárcel de Yeserías, Puente de los Franceses, tascas de Chamberí Ya no sueña aquel niño que soñó que escribía, Corazón de María, no me dejes así
Corte de los Milagros, Virgen de la Almudena, Chabolas de uralita, Palacio de Cristal, Con su no «pasaran», con su «vivan las caenas» Su cementerio civil, su banda municipal
He llorado en Venecia, Me he perdido en Manhattan, He crecido en la Habana, He sido un paria en París México me atormenta, Buenos Aires me mata, Pero siempre hay un tren Que desemboca en Madrid
Pero siempre hay un niño que envejece en Madrid, Pero siempre hay un coche que derrapa en Madrid, Pero siempre hay un fuego Que se enciende en Madrid, Pero siempre hay un barco que naufraga en Madrid,
Pero siempre hay un sueño Que se despierta en Madrid, Pero siempre hay un vuelo de regreso a Madrid
Elenco de actores que encarnaron a los personajes más emblemáticos de la primera trilogía
La Guerra de las Galaxias hace una audaz afirmación sobre la libertad de elección. Siempre que la gente se encuentra en problemas, o en algún tipo de encrucijada, la saga proclama a modo de mensaje que nos deja como la lección más profunda: Eres libre de elegir. El énfasis en la libertad de elección, incluso cuando las cosas parecen más oscuras y la vida está más limitada, es la característica más inspiradora de cualquiera de las nueve películas. Ese es el mensaje oculto y la verdadera magia de La Guerra de las Galaxias, y la base de su conmovedor homenaje a la libertad humana.
Por eso, no es de extrañar que pasen los años que pasen la Fuerza siga con ella.
«Mi aliada es la Fuerza y una poderosa aliada es, de la vida es la creadora, crecer la hace, su energía nos rodea a todos y nos une, luminosos seres somos, no esta cruda materia. Debes sentir La Fuerza a tu alrededor, aquí, entre tu y yo, y el árbol y la roca, incluso entre la tierra y la nave.» (Yoda a Luke Skywalker)
Sierra Nevada es un espectáculo que puede admirarse desde mil y un rincones de la provincia de Granada, pero que la capital, más allá de las torres de la Alhambra, posee un lugar llamado el Cerro del Sol en el que se muestra en toda su plenitud, donde se puede contemplar como la luz del crepúsculo se resiste a abandonar Granada.
Cuenta la leyenda que desde ese punto fue donde el penúltimo rey de Granada, Muley-Hacen (Abu al-Hasan), una vez destronado por su hijo Boabdil y quizás maravillado por su inmensa belleza, albergó el sueño de ser enterrado en sus cumbres y convertir el punto más alto de Sierra Nevada en su última morada.
Y es que el Cerro del Sol es esa atalaya donde puedes divisar como el sol proyecta, cada tarde, sus rayos de luz provenientes del ocaso trazando un camino que asciende desde la Vega de Granada hasta alcanzar, en Sierra Nevada, el lugar más alto donde imprimir en rojo la llegada de la noche. La imagen de esta montaña ha sido siempre el centro de atención y una referencia clara para quienes, desde hace milenios, habitaron las tierras situadas bajo sus faldas. Todos ellos sintieron la misma fascinación al percibir cuando la luz invade las cumbres, y coincidieron en incluir al astro rey en su particular forma de nombrarla. Fue Solarius para los romanos y Sulayr para los árabes, dos nombres con el sol como esencia básica de un enclave mágico por naturaleza.
Durante siglos, en lo que hoy es Europa se vivía con la certeza de que la tierra era una especie de plancha sólida que flotaba sobre un mar enigmático y oscuro.
Según la creencia, el mundo terminaba en un lugar muy concreto, en un punto preciso más allá del cual no había nada, sólo las aguas sombrías, aterradoras y repletas de monstruos del llamado Mare Tenebrosum.
Ese lugar donde acababa el mundo fue bautizado por los romanos con el nombre en latín de Finis Terrae, literalmente, el «fin de la tierra», Finisterre en castellano y FISTERRA en gallego.
Allá «donde se acaba el mundo», en el mismo cabo Finisterre, hay una bota de bronce. Se trata de un pequeño monumento, una bota de peregrino sobre una roca que tiene un significado muy especial. Originalmente eran dos botas juntas, pero una la robaron. El monumento hace referencia a la ancestral tradición de los peregrinos de quemar las ropas usadas en la peregrinación y dejar las botas.
Por medio de este rito, al grito de «ULTREIA«, «más adelante», mientras otro grita «ETSUSEIA«, «y más allá», el peregrino que ha realizado el camino de Santiago se deshace de todo lo material y con el fuego intenta quemar todo aquello de lo que se quiere deshacer y que no le beneficiará para comenzar una nueva vida».
Un árbol tiene pensamientos dilatados y serenos, así como una vida larga, mucho más que la nuestra. Es infinitamente más sabio que nosotros, Por eso, cuando aprendemos a escucharlo, la brevedad, rapidez y apresuramiento infantil de nuestros pensamientos adquiere una alegría sin precedentes.
Siembra el amor por los árboles en la tierra fértil de la imaginación de un niño y habrás salvado a la humanidad.