Hablaba este que suscribe, en un post anterior, de la diferencia entre ver, mirar y observar. Que no sólo es ver o mirar sino que también es observar ya que, mientras ver o mirar es una acción más bien física, la simple recepción de estímulos visuales, observar, en cambio, va más allá de lo físico. Implica una intención, una dirección, una carga emocional y cognitiva.
Porque hay miradas y miradas. Hay, por ejemplo, miradas que pueden establecer una conexión entre dos personas, incluso sin mediar palabra. Miradas que pueden transmitir emociones como amor, odio, tristeza, alegría, curiosidad o desconfianza.
Hay miradas que, según en la forma en la que miramos o somos mirados están influenciadas por dinámicas de poder. La mirada puede ser una forma de control, de dominación o de sumisión.
Hay miradas que no siempre podemos descifrar la verdadera intención que llevan detrás. Alguien nos puede sonreír con los labios pero tener una mirada fría, revelando una contradicción entre lo que muestra y lo que siente.
Hay miradas de soslayo que pueden indicar timidez, desconfianza o algún interés oculto.
Hay miradas fijas y directas que pueden ser señal de confrontación, desafío, o también de una profunda atención e interés.
Hay miradas perdidas que pueden denotar distracción, apatía o tristeza.
Hay miradas con los ojos entrecerrados que, a menudo, asociamos con el escepticismo y la duda.
En definitiva, que hay miradas que transmiten información sin necesidad de palabras. Miradas que expresan emociones (alegría, tristeza, enojo, miedo, amor, odio), intenciones (interés, desinterés, desafío, sumisión), y estados mentales (concentración, distracción o confusión).
Y luego está la de este elemento, al que sorprendí (o me sorprendió él a mí) en una esquina anónima del mundo, mientras pedaleaba con el amigo Paco y que, en apenas tres segundos, lejos de montar un drama, con sólo una mirada me lo dijo todo.
Ese momento, en el que el sol elige Granada para irse a dormir vistiendo sus mejores galas. Ese momento en el que el tiempo juega a detenerse. Ese momento, en el que la multitud se serena, toma otro ritmo y se inspira al son de los acoples de una guitarra que suena libre de cualquier atadura.
Ese momento en Granada, en el que nada pasa y todo ocurre.
Esta apartado es de nueva creación y está destinado a compartir contigo todas mis vivencias en el Camino de Santiago. Te pido un poco de paciencia. Gracias por tu comprensión.
Carmencitaabrió la puerta con mucho cuidado para que las mariposas desgastadas de barro cocido que colgaban del techo junto aquellos finísimos tubos metálicos no tintinearan demasiado. En el mostrador no había nadie y la estancia estaba vacía. Esperaba una tienda concurrida de mujeres ya que pronto llegaría la época de las comuniones. Miró alrededor percibiendo el olor de las telas y el frescor de la tienda enfriado sin duda por los altos y gruesos muros encalados. Una puerta de un azulón grisáceo con la maneta a medio soltar estaba entreabierta lo que permitía que se colara el jolgorio del patio. La única luz de estancia provenía de una ventana situada a la izquierda del mostrador donde una mosca luchaba sin éxito «embistiendo» una y otra vez contra el cristal, como intentando zafarse de la escena.
-Dale que dale, que dale Toma que toma, que toma Que tengo una novia que vale Más que las fuentes de Roma…
Las cantinelas venían de un patio recogido pero soleado y que aquellas primeras horas de la tarde primaveral invitaba a la alegría. Por toda sombra, una higuera frondosa, dejada a su suerte con las ramas vencidas quizás por su edad. Unas pilistras, que servían de guarida climática a Simón, un gato negro que se había acomodado en la casa y que se ganaba el sustento diario con cuatro carantoñas a la dueña, teniendo como único instinto animal el de perseguir a algún que otro pajarillo que por allí revoloteaba, enfilaban el frontal de la pared del fondo.Era como en una especie de formación militar capitaneada por dos flores del pato, que sin duda eran las más gallardas del patio. Por último unos geranios colgaban de la pared sobre unos soportes hechos con los aros de aquellos calderos de zinc que se estropeaban del uso o por el paso del tiempo.
El taller de una costurera era un refugio donde el tiempo parecía detenerse. Un espacio impregnado con el aroma a hilos y telas, donde el ritmo pausado de la aguja y el dedal marcaba el compás de la creación.
Las jóvenes, cercanas en cantidad a la decena, laboraban entre canastas de mimbre llenas de telas, donde hilvanaban y cosían sentadas en sillas bajas de anea mientras cantaban al unísono.
Carmencita se acercó a la ventana agudizando el oído:
– «Quiero vivir en Granada solamente por oír la campana de la Vela cuando me voy a dormir»
Era Teresa, una joven quinceña alegre y guapetona, de mediana estatura y ojos grandes que se levantó soltando su pieza de tela entonando la siguiente estrofa de la coplilla danzando sobre sus piernas mientras mecía con acompasados movimientos los picos de su falda con sus largos y sueltos rizos de color cobrizo lo que le daba un aire mucho más juvenil y divertido.
El coro de las muchachas proseguía a continuación acompañando las voces con las palmas:
-Dale que dale, que dale Toma que toma, que toma Que tengo una novia que vale Más que las fuentes de Roma…
Las risas cómplices de todas se mezclaban en el ambiente mientras volvían, casi sin pestañear, a coser.
Consuelito, una joven poco agraciada y algo más mayor que rondaba los diecisiete, se levanta. Su voz no era precisamente muy canora pero derrochaba arte y alegría.
«En lo alto de la Vela; hay una campana de plata; cuando suenan sus metales dice que, ¡viva Granada!»
– Carmencita, hija. ¿pero que haces ahí como un pasmarote?. -La voz provenía de Doña Gertrudis, que entraba en la escena por una puerta baja que, después de bajar dos escalones, daba a una especie de almacén. Venía arremangada por encima de los codos y secándose las manos con un paño blanco inmaculado.
Doña Gertrudis, una mujer grande, ancha de caderas y con aspecto bonachón, era la que regentaba el local desde que su tía Amalia falleció. Respetaba la doctrina cristiana, y aunque era católica, no era mujer muy creyente que digamos y mucho menos, practicante. En sus círculos más íntimos solía decir: «Yo, lo que se dice creer, creer, no creo, pero que voy a misa, más que todo «por el que dirán» y por si acaso. No vaya a ser que sea verdad y me quede yo sin mi «roalico» de gloria». Siempre iba con su moño cuidadosamente recogido (o roete, como a ella le gustaba decir) y con un delantal pulcro, rizado y rematado con unos encajes y bodoques, lo que delataba que en otro tiempo, esa tela formó parte de algún juego de sábanas o mantelería de hilo fino. Era de un temperamento más bien áspero cuando se trataba de enseñar. Por eso las muchachas, que rondaban en edad los 14 la más zagala hasta bien entrados los 19 la más mayor, la respetaban ya que de su obediencia dependía la continuidad en el taller.
– Estas niñas no tienen apaño – masculla levantando las manos. – Las dejo solas un rato y mira la que lían. – abre la ventana para dirigirse a ellas.-
– Niñassssss, dejaos de cánticos y a darle a las manos que se va la tarde. – Las jóvenes, al escucharla, se sentaban e inclinaban la cabeza sobre las telas apresurándose a continuar con la labor entre risillas mirándose unas a otras mientras tararean el estribillo de la canción.
El taller, además de arreglos de todo tipo, también tenía gran cantidad de telas dispuestas en rollos que se almacenaban en una especie de estantería infinita y profunda donde se perdían en su interior. Una multitud de pequeños cajones con muestras de botones de todas las formas y colores y bobinas de hilo de coser nos decían que también disponía de todo tipo de materiales relacionados con la costura.
Las más aventajadas se llevaban a casa, sin duda encomendadas por la “maestra”, algunas piezas de hilo y algunos retales para seguir por la noche, una vez concluida la cena, cosiendo o echando hilvanes
Por las tardes el establecimiento se convertía en un taller de aprendizaje donde las jóvenes del pueblo venían, como se solía decir en las casas, a aprender, unas, a ser una mujer como Dios manda, y otras, un oficio, mientras cosían “gratis” para la anfitriona.
Las más aventajadas se llevaban a casa, sin duda encomendadas por la “maestra”, algunas piezas de hilo y algunos retales para seguir por la noche, una vez concluida la cena, cosiendo o echando hilvanes y que por la mañana, apenas amanecía, entregaban en el taller a doña Gertrudis que, si el trabajo estaba bien rematado, anotaba convenientemente en su cuadernillo. Entonces sí les pagaba religiosamente por la tarea al concluir la semana, los sábados por la tarde , a razón de 5 pesetas la pieza de tela.
Doña Gertrudis llama otra vez la atención de la niña.
– Carmencita…. ¿me vas a decir a que has venido?
– Mi tía Remedios, que dice que si tiene usted ya arreglado el traje de Don Ceferino, que le urge. – Carmencita hablaba, casi balbuceando sin dejar de mirar la escena del patio.-
Don Ceferino provenía de una familia pudiente, con posibles, y que nunca llegó a casarse. Vivía solo en una casa solariega del pueblo heredada de sus padres, donde multitud de familias se ganaban el jornal en sus tierras o sirviendo en la casa, como Remedios, la tía de Carmencita.
– Carmencita, ¿quieres hablar más fuerte? No hay quien te entienda. – Con lo dispuesta que tu eres para lo que te interesa….-
La niña, obedeciendo, vuelve la cabeza y repite, esta vez, más fuerte, la encomienda de su tía.
– Ya, ya. Ahora si. Espera que lo traigo. Sale de la escena por la puerta grisácea. -Vuelven a resonar los cánticos del patio, lo que distraen la atención de la niña.-
– Aquí está, Los encargos de mis clientes más distinguidos los guardo dentro para que no se estropeen – dice doña Gertrudis entrando nuevamente. En sus manos trae un gran paquete liado en papel de seda y atado con un hilo de cáñamo para que no se deshaga.
-Dile a tu tía que lo he arreglado y he aprovechado para plancharlo y ponerle almidón. Tenía el cuello de la chaqueta rozado y algo gastado pero lo he dejado como nuevo. Ah, y dile que le he asegurado bien los botones del chaleco que andaban algo sueltos. Dentro va la nota. Ya ajustaremos cuentas. Don Ceferino es uno de mis mejores clientes.
– Gracias Doña Gertrudis.
– ¡¡¡Ayyyyy pero que niña más «apañá.»!!! Anda, ven que te voy a dar una cosilla que tengo por ahí guardada y que te va a alegrar la tarde. -Doña Gertrudis coge a la niña de la mano y la lleva a la cocina de la casa donde hay una pequeña alacena con las puertas de celosía. En su interior destaca un tarro de cristal colmado hasta la mitad de chocolate. La buena mujer abre el tarro, no sin cierta dificultad, y saca una onza de chocolate negro que le ofrece a la niña.
-Anda, coge esto y cómetelo. ¡Y no digas por ahí que te lo he dado yo! -A la niña se le iluminaron los ojos. Pocas veces un niño recibía tal ofrenda lo que, desde luego y tal como le adelantó Doña Gertrudis, le alegró sobradamente la tarde.-
Carmencita cogió el paquete con sus dos manos, con mucho cuidado para que no se arrugue como le ha ordenado la costurera, y vuelve para su casa, calle abajo, saboreando entre sus labios la onza de chocolate que le sabía a gloria.
En su cabeza aún resonaba el estribillo de la coplilla que las mozas del pueblo cantaban en el patio de Doña Gertrudis en las tardes de primavera mientras hilvanaban y cosían entre cestas de mimbre llenas de telas y sentadas en sillas bajas de anea.
-“Dale que dale, que dale Toma que toma, que toma Que tengo una novia que vale Más que las fuentes de Roma…”
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El taller de una costurera era un refugio donde el tiempo parecía detenerse. Un espacio impregnado con el aroma a hilos y telas, donde el ritmo pausado del la aguja y el dedal marcaba el compás de la creación. Allí, entre el sonido rítmico de la máquina de coser y el murmullo de las conversaciones, se entretejen historias de vida y sueños, de esperanzas, en el que , en un mundo, que en la actualidad es dominado por la producción en masa y la rapidez, el noble arte de la costura se erige como un bastión de un oficio que nos recuerda el valor de la paciencia, la dedicación y la belleza que reside en los detalles hechos a mano dejando una huella imborrable en la cultura popular.
No había nada más. Sólo yo, el mar y el cielo. Era el completo silencio, roto únicamente por el suave murmullo del vaivén de las olas que se mezclaba casualmente con el lejano graznido de una gaviota que acertó a pasar por allí… (bueno, y ese velero fondeado sin molestar en absoluto a la imagen idílica del momento).
Hay quien ve, pero no mira. Hay quien mira, pero no ve. Hay quien ve…. y mira. Hay quien ni ve, ni mira (que también los hay, así, sin más). Y luego está quien observa, que no le hace falta ni ver ni mirar; solo observar; Observar para contemplar, para analizar, para comprender, para percibir o, simplemente para disfrutar, por ejemplo, de lo efímero de un amanecer.
En 1765, un mesonero llamado Dossier Boulanger abrió en París una casa de comidas y a la puerta colgó el siguiente letrero:
«Venite ad me vos qui stomacho laboratis et ego restaurabo vos»
No eran muchos los parisinos que en el año de 1765 sabían leer francés y mucho menos el latín, pero los que podían, sabían que Boulanger, el propietario, decía:
«Venid a mí casa hombres de estómagos cansados que yo los restauraré.»
La frase tuvo tal éxito que desde entonces, todas las casas de comidas en el mundo se llaman “restaurantes”. Aparte la deliciosa gastronomía que se hizo famosa en toda Francia, Boulanger deleitaba a sus comensales con deliciosos postres preparados por él mismo y debido a la fama de su repostería Boulanger también es el “culpable” de que en Francia a las panaderías se les llame “boulangeries”.
«Venite ad me vos qui stomacho laboratis et ego restaubo vos»
«Venid a mi casa, hombres de estómagos cansados que yo los restauraré»
La palabra restaurante se estableció en breve y los chef de más reputación que hasta entonces sólo habían trabajado para familias privadas, reyes y ministros abrieron también sus propios negocios o fueron contratados por un nuevo grupo de pequeños empresarios: los restauradores.
El término «restaurante» llegó a Estados Unidos en 1794, traída por el refugiado francés de la revolución Jean Baptiste Gilbert Paypalt, este fundó lo que sería el primer restaurante francés en Estados Unidos llamado Julien’s Restorator.
Hay muchas curiosidades en esta historia, una de ella es la “misión de restaurar el ánimo, la sonrisa y la salud” que tienen los que trabajan en un restaurante, es una misión noble, loable especial.
Cada uno de nosotros es especial en lo que hace, si logra comprender lo profundo del aporte de su labor al bienestar general. Da igual a lo que te dediques, ¿Qué restauras? ¿A quien ayudas? ¿Qué sumas al bienestar, la felicidad y la salud de alguien más? Quizás ahí encontremos las respuestas a muchas preguntas.
– Carmencita, hija, deja eso que te vas a poner “encenagá” con tanta agua. ¡no te toques más las trenzas que al final te las vas a soltar!, ¡¡¡y deja ya el jabón que lo vas a estropear!!! Esta niña es muy buena pero no tiene apaño-. Anda, ve a la casa y tráeme los «pillas» de la ropa que me los he «dejao» en lo alto de la mesa del patio. Mientras vas y vienes, te entretienes. -Calla Carmela, que tu nieta es un primor de niña. No le regañes más.
-Si es que no para, María. Es un torbellino. ¿yo no sé a quien le habrá salido? ¿Qué manera de dar quehacer?. El grande si que es un primor. No ha “dao” nunca un ruido. Y ahora, desde que su padre se lo lleva al campo de jornalero, trabaja como el que más. Tiene los trece recién cumplidos y está hecho todo un mozuelo. Fuerte, atento, responsable…. Vamos, que está feo que yo lo diga, pero que no hay otro como él, ¿pero ésta? -lo dice indicando el camino por donde se ha ido la niña- A esta no hay quien la sujete. Todo el día abuela para acá, abuela para allá… siempre inventando. Ahora, que en cuanto pueda, su madre se la lleva a servir a la capital. Allí estará más tranquila y al menos traerá un jornal por poco que sea. Mira, el otro día no se le ocurrió otra cosa que meterse en la despensa y en una olla que tenía con caldo y los restos de un puchero, no se le ocurrió otra cosa que coger hormigas y meterlas dentro del caldo subidas en cáscaras de pipas como si fueran barquitos. ¿Tu te crees? Y yo que tenía guardado el puchero para hacer croquetas que tanto le gustan a mi yerno…. Pues tuve que tirarlo, enterico. ¿Y sabes que me dijo la niña cuando la pillé? Pues que estaba jugando a las guerras de los barcos, ¿no es “pa” matarla?.
María asiente con la cabeza mientras ahoga una carcajada.
-Son cosas de críos, Carmela. Yo, como los tengo fuera, no me da tiempo a enfurruñarme con ellos. Ahora que con mi “mario” ya tengo yo bastante.
-Eso es. ¿Cómo está tu Paco? El otro día lo vi sentado en la esquina, junto a la higuera. Paco estaba delicado. Su pésima salud de hierro le permitían pocas licencias. Los años no pasaban en balde y el trabajo en aquella fábrica le dejó los pulmones maltrechos. Demasiado bien estaba para el poco oxigeno que le entraba en el pecho. -¿Mi Paco? Mi Paco me tiene todo el día encima de él. Que si María esto, que si María aquello. Todo el santo día detrás como un perrillo faldero. Y es que el hombre ya no es lo que era. Tampoco es que de joven fuese unas castañuelas pero bueno, al menos era muy trabajador y nunca nos ha faltado un jornal en la casa pero ahora, ahora es harina de otro costal. ¿Qué le voy a hacer? Se escucha un cántico acercándose. Una coplilla picarona con tintes incómodos para quien no la quiere escuchar. Es Juana, la hija de la Antonia, una joven entrada en edad casadera y que no se le conoce varón que se le acerque en el pueblo. A cambio, Juana goza de una más que dudosa reputación porque, según cuentan algunas, en las tardes de domingo se “despista” por los pueblos cercanos buscando el calor que en su pueblo no encuentra.
-Calla niña, calla. Como si no fuese con nosotras la cosa. – espeta susurrando Carmela. –
-Buenas tardes tengan, vecinas. – suelta con acentuada jovialidad y algo de sorna la joven.–
-Buenas tardes – asienten con disimulo las dos, casi al unísono-.
-¿Qué? ¿Poniéndonos al día con todo y “de todos”? Las dos vecinas notan cierta ironía en las palabras de la joven.
– ¿No sabemos a que te refieres? ¿Tú sabes algo, Carmela?
-Nada. ¿Qué voy a saber yo? ¿Donde andará la niña? -comenta mientras mira por encima de un lado a otro, como queriendo desviar la atención….
-Si, si, vosotras disimulad. ¿Acaso creéis que no sé lo se va diciendo por ahí? Ahora que os digo una cosa. Escrito está en las sagradas escrituras. “Quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra” – indica Juana, un tanto altiva, apuntando con el dedo a ambas-. ¿Cómo le va a tu hija en la capital, Carmela? – aquí Juana baja el tono pero es más hiriente-. ¿Parece que el “señorito” está muy contento con ella? ¿O me equivoco?. Carmela no la deja acabar ylanza con rabia el jabón contra el agua de la pila salpicando estrepitosamente.
-¿Qué tienes tu que decir de mi hija? – grita con gesto amenazante la mujer- Una palabra más y juro por lo más sagrado que te arrepentirás.
-Nada. Yo no digo nada. Sólo pregunto. Es de buena educación interesarse por sus vecinos ¿no crees?
La tensión se disipa cuando se oye a Carmencita acercarse relatando una batalla fantástica de corsarios mientras blande al aire una rama de higuera a modo de espada.
-¿Pero niña… que modales son esos? ¿y que boca? ¿Dónde has aprendido tú a hablar así? ¿y los “pillas” de la ropa? ¿Dónde los tienes?
Juana, que no estaba dispuesta a dejar la cosa así, sabía muy bien donde tocar y antes de que pudiesen reaccionar las dos vecinas, mirando a la niña y a la abuela a la vez, dice: -Normal. De tal palo……
-Juana……. Juaaaaana. No me busques que me encuentras. Da gracias a Dios que está la niña que si no, te arrastro del pelo.
Juana, al verse vencedora, sonríe con satisfacción y se dispone a hacer su colada, una colada cargada de sábanas blancas, almohadones y camisas de sus hermanos con los cuellos y puños ennegrecidos por el sudor y polvo del campo….
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La historia contada, fruto de mi imaginación, podría ser cualquier historia ocurrida en cualquier lavadero público, que, más que un espacio para lavar ropa, era un confidente silencioso y un testigo de innumerables historias de todo tipo, contadas por mujeres cuyas voces, unidas al murmullo del agua corriendo por las pilas, marcaban el devenir del día a día.
Hoy en la actualidad, cuando paseas por un pueblo y encuentras un viejo lavadero convertido en un mero espacio de interés turístico, no sólo ves unas simples pilas de piedra sino que, a poco que observes, puedes percibir el aroma a jabón hecho mezclado y el eco de aquellas conversaciones que han forjado un pedazo de historia, un lugar donde las mujeres tejieron los lazos que unieron a la vecindad.
Año 2018, en la localidad de Redondela (Pontevedra), mientras hacía el Camino de Santiago. Bien podría esta señora de la foto ser Carmencita, aquella niña que soñaba con historias fantásticas de corsarios y piratas y que su abuela tanto regañaba.
La montaña es como un reloj antiguo cuyo mecanismo es la propia naturaleza en la que cada piedra, cada árbol, cada brizna de hierba es una manecilla que marca el inexorable paso del tiempo.
Aquí arriba, en la montaña, cada momento, cada instante, es más pausado, como más lento, donde el devenir de los siglos modifica pacientemente el paisaje creando senderos escoltados por todo tipo de vegetación que serpentea entre rocas, algunas de colosal tamaño, donde cualquier rincón es un espacio donde la vida sigue abriéndose camino.
El silencio, el otro gran aliado que impera en las alturas, llega a ser tan profundo que te permite escuchar el latido de tu corazón. A veces contrasta con el bullicio desenfadado que se produce bajo tus pies, donde el rugir del agua de un riachuelo abriéndose camino entre piedras se mezcla con el mecer de las ramas y con el cantar de algún que otro pajarillo.
Mientras, el sol, con una luz tenue, sin duda enfriada por un tácito pacto firmado en una improvisada transición entre el otoño reinante con el venidero invierno marca el paso de las horas pintando de rosos cálidos las cumbres y proyectando sombras danzantes que bailan al son del viento sobre las copas doradas de esos testigos silenciosos que son los árboles.
A veces, en un mundo cada vez más complejo y acelerado nos encontramos de manera inesperada con ese paisaje que, sin avisar, aparece como una ola bravía que nos sorprende con su fuerza y que nos incita a encontrar en la simplicidad una invitación a detenernos, a observar la belleza que, en su forma más pura, nos envuelve. Es una perspectiva poética en la cual, lo más simple es lo más bello, donde menos es más, porque nos conecta con lo esencial, con lo que nos motiva.
A medida que lo observas te sientes envuelto por la tranquilidad y la majestuosidad de un otoño mortecino que recibe los envites del invierno, resistiéndose a morir, y en la que te invade esa sensación de ser parte de algo más grandioso que tú mismo. Es un momento de calma, de contemplación, donde el mundo parece detenerse y solo queda el presente, el aquí y el ahora. Es una experiencia que despierta los sentidos y te conecta profundamente con la belleza natural que te rodea.
Hay días en los que el cielo azul se convierte en un lienzo infinito de tonos grises bañados de rosados y tenues anaranjados. Ese momento de paz en el que el mundo se reduce a ese pequeño espacio donde la inmensidad serena del mar hace, con su poder hipnótico, que se desvanezcan los problemas y las preocupaciones.
Los Lavaderos de la Reina son más que un lugar; son un refugio para el alma, un rincón donde el tiempo parece detenerse y la belleza de la naturaleza se revela en su máxima expresión. El aire puro y fresco de la montaña envuelve los sentidos donde el murmullo y rugido de las aguas salvajes nos transmiten la serenidad y la paz que se puede encontrar cuando se conecta profundamente con la tierra y sus maravillas. El porqué de su belleza lo encontramos en su particular naturaleza, en lo efímero de su existencia. Lejos de ser algo inerte, los Lavaderos te ofrecen una imagen única, exclusiva del momento en el que los visitas quedando para siempre grabados en la retina.
Ubicados a más de 2.500 m de altitud en un circo milenario de origen glaciar con cimas de alta montaña, chorreras, neveros, prados y lagunas forman este insólito paisaje más propio de latitudes nórdicas que de zonas meridionales. Si a esto le añadimos el suelo negro de su superficie rocosa, tapizado del intenso verde floral en el que transforma en la época del deshielo, es fácil entender el porqué los Lavaderos de la Reina es una de las rutas más imponentes de Sierra Nevada. Su particular denominación se la debe a la reina Fabiola de Bélgica, que al parecer los visitó en más de una ocasión. Los lugareños, en agradecimiento, le cambiaron su antiguo nombre, Circo de las Covatillas, por el actual.
Para acceder hasta allí, debes ponerte a prueba por una carretera primero y pista de tierra después, a prueba de vértigos. Una vez llegas a “la cadena”, lugar convenido para dejar el coche e iniciar le periplo, y tras ajustarse bien los arreos propios de una excursión de esta índole, inicias la ruta. Desde que se da el primer paso, el paisaje emociona. No todos los días se tiene una panorámica tan inmensa y cercana de colosos como el Veleta, Los Machos, el Mulhacén, o la Alcazaba.
Tras alcanzar la cima de pico Papeles y sus 2.424 metros, llegamos a los primeros neveros. Ha pasado casi hora y media desde que comenzamos y el trayecto nos obsequia con un sitio donde sacar el niño que llevas dentro y jugar con la nieve.
Sin perder el ritmo, continuamos hasta subir a la Loma de los Cuartos para, después, descender al circo de los Lavaderos de la Reina. Este tramo es especialmente peligroso por lo que es recomendable cuidar mucho donde se pisa e, inclusive, si fuese necesario, llevar crampones para fijarse bien al terreno.
Nos encontramos ante el protagonista indiscutible de la ruta. Un lugar salvaje y con cierto aire de misterio que despierta ciertas reticencias y espectacularidad casi a partes iguales que fascina a todo aquel que lo visita.
El siguiente reto de la ruta son las chorreras del Covatillas, un tramo espectacularmente bello que regala panorámicas de las bajadas de agua proveniente del deshielo que descienden con fuerza y estruendo montaña abajo.
Ya en el tramo final, pasamos por la acequia de Papeles y la Hoya de la Alberca, un rincón donde el verde toma el protagonismo en plena primavera. El paisaje más grandioso ha quedado atrás. Las chorreras, la impresionante vegetación que renace bajo el hielo como la espectacular Genciana de Primavera empieza a asomar en ramilletes coloridos de azules pétalos, siempre a orillas de cualquier reguero de agua gélida.
Cuando decides regresar y vuelves la vista atrás, las emociones percibidas nos permitirán asimilar lo especial de la experiencia vivida.
Cuando el viento aúlla y las nubes grises cubren el cielo, el mar, en respuesta, experimenta una transformación dramática convirtiendo el azul sereno en un tono plomizo, turbulento, y si cabe, tenebroso; como escapado de un cuadro de El Greco.
Es entonces cuando el aroma del mar se mezcla con el de la tormenta y un silencio se apodera de la escena que sólo es interrumpido por el rugido del viento, el rugido del mar y el rugido del cielo, como si la naturaleza misma se rebelara en un acto apocalíptico.
La delicadeza y la belleza de la flor del almendro ha inspirado a artistas, pintores, poetas y escritores a lo largo y ancho de la historia, sirviendo como una fuente inagotable para expresar emociones y sentimientos profundos. La explosión de color de estas flores es tal que, a pesar de su corta existencia, trae consigo una sensación de esperanza y optimismo que no deja indiferente a nadie. Quizás por ser tan efímera, su fugacidad nos recuerda la importancia de apreciar y valorar cada momento que nos brinde nuestras vidas.